sábado, 30 de abril de 2016

LA VENTA DE LOS HESSIANOS


AUTOR: Benjamin Franklin
Campesino hessiano siendo reclutado frente a su familia

TRADUCTOR: Pedro Peña

N. del T.: mientras servía como delegado de las colonias americanas en París, Franklin escribió una de sus más efectivas sátiras. Usando la forma de una carta privada entre dos nobles alemanes imaginarios y con el objetivo de ridiculizar a los británicos por la contratación de mercenarios hessianos (provenientes de Hesse, Alemania) para combatir a los revolucionarios americanos, fue publicada por primera vez en 1778.



Del Conde de Schaumbergh al Barón de Hohendorf, comandante de las tropas hessianas en América.

Roma 18 de febrero de 1777
Señor Barón:
A mi retorno de Nápoles recibí en Roma su carta del 27 de diciembre del año pasado. He sabido, con indecible placer, del coraje que nuestras tropas exhibieron en Trenton y usted no puede imaginar mi alegría cuando me ha dicho que de los 1950 hessianos involucrados en la lucha, solamente 345 escaparon. Hubo solamente 1605 hombres muertos, y no puedo dejar de encomendarle suficientemente a su prudencia para que me envíe una lista exacta de los muertos a mi delegado en Londres. Esta precaución es de lo más necesaria ya que el recuento enviado al ministerio inglés no admite más que 1455 muertos. Esto haría un total de 483.450 florines en vez de los 643.500 a los que tengo derecho a demandar según nuestro acuerdo. Usted comprenderá el perjuicio que tal error causaría en mis finanzas y no dudo de que hará los esfuerzos necesarios para probar que la lista de Lord North es falsa y la suya es la correcta.
La corte de Londres objeta que hubo unos 100 heridos que no deberían ser incluidos en la lista ni debería por ellos pagarse como muertos; pero yo confío en que usted no soslayará mis instrucciones a la salida de Cassel, y que no habrá tratado, por alguna cuestión de socorro humanitario, de rescatar la vida de algunos infortunados cuyos días no podían ser alargados sino con la pérdida de una pierna o de un brazo. Eso sería hacerles un pernicioso regalo y estoy seguro de que ellos preferirían morir antes que vivir en una condición que no les permitiera en adelante ser útiles a mi servicio. No quiero decir con esto que usted deba asesinarlos; deberíamos ser humanos, mi querido Barón, pero usted puede insinuarle a los cirujanos, con total propiedad, que un hombre inválido es un reproche para su profesión, y que no hay camino más inteligente que dejar a cada uno de ellos morir cuando deja de ser bueno para la lucha.
 Estoy por enviarle algunos nuevos reclutas. No los economice. Recuerde la gloria antes que todas las cosas. La gloria es la verdadera riqueza. No hay nada que degrade más a un soldado que el amor al dinero. Él debe solamente cuidar el honor y la reputación, pero esa reputación debe ser adquirida en medio del peligro. Una batalla ganada sin que le cueste el conquistador nada de sangre es un suceso sin gloria, mientras que los conquistados se cubren a sí mismos con gloria al morir con sus armas en sus manos. ¿Recuerda usted aquello de los trescientos lacedemonios que defendieron el desfiladero de las Termópilas y de los cuales ninguno retornó? ¡Cuán feliz sería yo si pudiera decir lo mismo de mis bravos hessianos! Es cierto que su rey Leónidas murió con ellos, pero las cosas han cambiado y no es más una costumbre que los príncipes de un imperio vayan y peleen en América por una causa en la cual no tienen ningún tipo de interés. Y además, ¿a quién le pagarían esas treinta guineas por hombre si yo no estuviera en Europa para recibirlas?

De la misma manera, es necesario también que yo esté presto a enviarle a usted reclutas para reemplazar a los hombres que usted pierde. Para este propósito debo retornar a Hesse. Es verdad que los hombres adultos están comenzando a escasear, así que le enviaré algunos muchachos. Además, a más escasa la materia prima, más alto el precio. Estoy seguro de que las mujeres y niñas pequeñas han empezado a cultivar nuestras tierras y no lo hacen de mala manera.
Usted hizo bien al enviar de regreso a Europa al doctor Crumerus, que fue tan exitoso curando la disentería. No se moleste con un hombre que está sujeto a la pérdida de su intestino grueso. Esa enfermedad hace malos soldados. Un cobarde causará más daño en una batalla que lo que podrían causar diez hombres valientes. Mejor es que ardan en sus barracas antes de que vuelen a la batalla y desluzcan la gloria de nuestras armas. Además, usted ya sabe que me pagan como muertos en combate por aquellos que fallecen de enfermedad, y que no recibo ni siquiera un cuarto de penique por los que huyen. 
  Mi viaje a Italia, el cual me ha costado enormemente, hace deseable que haya una gran mortandad entre los nuestros. Por lo tanto, usted prometerá promociones a todos los que se expongan en demasía; les exhortará a buscar la gloria en medio de los peligros; además le dirá al mayor Maundorff que no estoy contento con su rescate de 345 hombres que escaparon a la masacre de Trenton. A lo largo de toda la campaña él no ha tenido siquiera 10 hombres que hayan muerto como consecuencia de sus órdenes.
Finalmente, que sea su principal objetivo el prolongar la guerra y el evitar una batalla decisiva para cualquiera de los dos bandos, porque he hecho arreglos para una gran ópera italiana y no deseo ser obligado a cancelarla. Mientras tanto le ruego a Dios, mi querido Barón de Hohendorf, que lo tenga a usted en su Sagrado cuidado pleno de Gracia.


domingo, 20 de marzo de 2016

APOLOGÍA DE LAS AMANTES MADURAS (Old Mistresses Apologue)


N. del T.: Benjamin Franklin (Boston, 1706 – Filadelfia, 1790) es considerado uno de los padres fundadores de los EEUU. Nacido de una familia pobre, es una de las primeras encarnaciones del legendario self-made-man estadounidense. Se lo asocia tanto a la política como a la ciencia. Destacó como embajador de las entonces colonias inglesas en Europa al igual que como inventor. Y escribió muchísimo sobre sus trabajos en un campo y en el otro. El texto que sigue no fue dado a conocer al público hasta bien entrado el siglo XX. Ninguno de los biógrafos y editores decimonónicos de Franklin se atrevió a publicarlo antes por juzgarlo demasiado indecente. Late en las palabras del autor una visión muy machista de la mujer y de su rol social y cultural. Por eso mismo el texto podría servir para historiar la forma en que las culturas hoy dominantes, a través de las ideas de uno de sus forjadores, han considerado las relaciones entre hombres y mujeres. Y también para visualizar cómo es que esas ideas han evolucionado, en uno u otro sentido.

Por último, un detalle: las versiones que circularon de forma privada iban bajo el título original de “Advice to a young man on the choice of a mistress”. En castellano: “Consejo para un joven ante la elección de una amante”.





25 de junio de 1745

Mi querido amigo,

No conozco medicina natural alguna que sirva para disminuir las violentas inclinaciones naturales que tú mencionas; y si la conociera, pienso que no te la aconsejaría. El matrimonio es el remedio adecuado. Es el estado más natural del hombre, y por esa razón el estado en el que más probablemente encontrarás una sólida felicidad. Tus razones en contra de entrar en él al presente, me parecen no bien fundadas. Las ventajas circunstanciales que tienes en vista al posponerlo no solamente son inciertas sino que son pequeñas en comparación con el asunto en sí, con el estar casado y asentado. Son el hombre y la mujer unidos los que hacen al ser humano completo. Separados, ella quiere el poder de su cuerpo y la fuerza de su razón; él, su suavidad, sensibilidad y ajustado discernimiento. Juntos es más probable que triunfen en el mundo. Un hombre soltero ni siquiera se acerca al valor que podría tener en aquel estado de unión. Es un animal incompleto. Se asemeja a la mitad impar del par de tijeras. Si consigues una esposa prudente y saludable, tu industria en tu profesión y su buena economía harán suficiente fortuna.

Pero si tú no tomas este consejo, y persistes en pensar en el comercio inevitable del sexo, entonces repito mi consejo anterior: que en todos tus amores prefieras las mujeres maduras a las jóvenes. Tú llamas a esto una paradoja y requieres mis razones. Y son estas:



1. Porque como tienen un mayor conocimiento del mundo y sus mentes están mejor dotadas de observaciones, su conversación es más instructiva y más perdurablemente agradable.



2. Porque cuando las mujeres dejan de ser atractivas se preocupan por ser buenas. Para mantener su influencia sobre el hombre, ellas suplen la disminución de la belleza con un aumento de la utilidad. Aprenden a realizar mil servicios pequeños y grandes, y son el amigo más tierno y útil cuando estás enfermo. De esa manera ellas siguen siendo amables. Y por consiguiente es muy raro que se encuentre tal cosa como una mujer madura que no sea una buena mujer.



3. Porque no hay riesgo de niños, los cuales, si son producidos irregularmente, deben ser atendidos con mucha inconveniencia.



4. Porque a través de su mayor experiencia, ellas son más prudentes y discretas para conducir una intriga que prevenga una sospecha. El comercio con ellas es de esa forma más seguro para tu reputación. Y también para la de ellas, si sucede que la aventura llega a conocerse, considerando que la gente podría estar bastante más inclinada a excusar a una mujer madura que amablemente prodiga cuidados a un hombre joven, pule sus costumbres con sus consejos y lo previene de arruinar su salud y fortuna entre las prostitutas mercenarias.



5. Porque en cada animal que camina vertical, las deficiencias de los fluidos que llenan sus músculos aparecen primero en las partes más altas: la cara es la primera en tornarse arrugada y sin vivacidad; luego el cuello; entonces el pecho y los brazos; las partes más bajas continúan hasta lo último tan rollizas como siempre; por lo tanto, cubriendo todo lo de arriba con una cesta, y considerando solo lo que queda debajo del cinturón, es imposible disinguir entre dos mujeres cuál es la madura y cuál es la joven. Y como en la oscuridad todos los gatos son pardos, el placer del disfrute corporal con una mujer madura es al menos igual, y frecuentemente superior, y cada habilidad, a través de la práctica, capaz de mejorarse.



6. Porque el pecado es menor. Corromper a una virgen puede ser su ruina y hacerla infeliz para toda la vida.



7. Porque el remordimiento es menor. Haber hecho miserable a una mujer joven puede darte frecuentes amargas reflexiones; ninguna de las cuales se presentará cuando hagas feliz a una mujer madura.



8. Finalmente, ¡ellas son tan agradecidas!



Y eso es todo para lo de mi paradoja. Pero aun te aconsejo que te cases directamente; saludos cordiales. Tu afectuoso amigo.




jueves, 3 de marzo de 2016

EL DIARIO SECRETO DE WILLIAM BYRD DE WESTOVER


Autor: William Byrd II
Traductor: Pedro Peña

N. del T.: William Byrd II (Virginia, 1674 – 1744) fue un acaudalado dueño de plantaciones y esclavos en las colonias americanas. Hombre de una vasta cultura, también fue exitoso en sus emprendimientos políticos, llegando a ocupar altos cargos en los Consejos y en las Cortes de la Colonia, y también representando los intereses de Nueva Inglaterra en la Europa continental. Asimismo se lo considera el fundador de la ciudad de Richmond, Virginia. Aficionado a las letras y creyente, escribió obras sobre diversos asuntos de la época, entre las que destaca The Secret Diary of William Byrd of Westover, que registra sucesos personales entre 1709 y 1712 con una honestidad bastante riesgosa. Hay allí referencias a sus actividades comerciales, literarias, judiciales, y también un riguroso registro de sus aventuras amorosas, sus intentos a veces frustrados en ese campo, y los avatares de su vida conyugal. Todo el tiempo contrastan la devoción religiosa con la confesión de pecados carnales o de pensamientos impuros para el autor. Párrafo aparte para las repetidas menciones de los brutales castigos a los que él y su esposa sometían a los esclavos, narrados con suma naturalidad y sin el más mínimo atisbo de culpa. 
Se ha respetado del original la escritura de números en referencia a las horas del día.  

1709.
Mayo, 21. Me desperté a las 5 en punto y leí un capítulo en hebreo y algo de griego en Josefo1. Recé mis oraciones y tomé leche para el desayuno. Baile mi baile2. Cerca de las doce el Sr. Bland llegó de Williamsburg y me trajo algunas cartas de Inglaterra y un registro del Sr. Perry de 7 libras por tonel. Me tranquilizó acerca de que las pieles y los 350 toneles de tabaco fueron salvados del Perry and Lane, y algo más del tabaco que estaba en las otras naves que se perdieron en la tormenta que ocurrió en Inglaterra en enero. El sombrerero trajo algunos sombreros desde Appomattox. Ambos comieron conmigo. Comimos borrego y ensalada. En la tarde jugamos al billar. En la tardecita se fueron y yo hice una caminata por la plantación. Me puse de mal humor al ver trepar a mi esposa por sobre la cerca del jardín, ahora que ella está embarazada. Me encomendé del todo a Dios. Tuve buena salud, buenos pensamientos y buen humor, gracias a Dios Todopoderoso.

Octubre, 6. Me levanté a las 6 en punto y dije mis oraciones y tomé leche para el desayuno. Entonces me dirigí a Williamsburg, donde encontré todo bien. Fui al capitolio, donde envié por la criada para que limpiara mi dormitorio y cuando vino la besé y la acaricié, por lo cual Dios me perdone. Entonces fui a lo del Presidente, a quien encontré indispuesto. Almorcé con él carne de res con carne de res [sic]. Luego fuimos a su casa y jugamos piquet. Allí nos encontró el Sr. Clayton. Pasamos mucho trabajo para encontrar una botella de vino francés. Cerca de las diez en punto me fui a mi alojamiento. Tuve buena salud pero retorcidos pensamientos. Dios me perdone.

Octubre, 19. Me levanté a las 6 en punto y no pude rezar mis oraciones porque el Coronel Bassett y el Coronel Duke vinieron a verme. Por la misma razón, no pude leer nada. Tomé leche para el desayuno. Cerca de las 10 fuimos a la corte, donde un hombre estaba siendo juzgado por violar a una mujer muy fea. Había abundancia de mujeres en la galería. Me encomendé a Dios al entrar en la corte. Cerca de la una en punto fui a mi recámara para descansar un poco. La corte se levantó a las 4 en punto y cené con el Consejo. Comí carne hervida en la cena. Me dí a mí mismo la libertad de hablar de forma muy lasciva, por lo cual Dios me perdone. Dije mis oraciones y tuve buena salud, buenos pensamientos, buen humor, gracias a Dios Todopoderoso.

Noviembre, 2. Me levanté a las 6 en punto y leí un capítulo en hebreo y algo de griego en Luciano3. Dije mis plegarias y tomé leche para el desayuno, y asenté algunos registros y entonces fui a la corte donde pusimos fin a un asunto. Fuimos a cenar cerca de las 4 en punto y comí carne hervida de nuevo. Al atardecer fui a lo del Dr. Barret, adonde había venido mi esposa esta tarde. Aquí encontré a la Sra. Chiswell, a mi hermana Custis y a otras damas. Nos sentamos y hablamos hasta cerca de las 11 y entonces nos retiramos a nuestras recámaras. Jugué un poco con la Sra. Chiswell y la besé sobre la cama hasta que ella se enojó y mi esposa también se ofuscó por esto y gritó y lloró cuando el resto se hubo ido. Pasé por alto decir mis oraciones, lo que no debí haber hecho, puesto que debía haber rogado perdón por la lujuria que sentí por la esposa de otro hombre. Sin embargo, tuve buena salud, buenos pensamientos, buen humor, gracias a Dios Todopoderoso.

1710.
Diciembre, 31. En alguna noche de este mes soñé que veía una espada en llamas en el cielo y llamaba a alguien para verla, pero antes de que pudieran venir ya había desaparecido. Cerca de una semana después mi esposa y yo estábamos caminando cuando descubrimos entre las nubes una nube brillante con la forma exacta de un dardo que parecía abatirse sobre mi plantación, pero asimismo pronto desapareció. Ambas apariciones parecían anunciar algún infortunio que luego vino a suceder con la muerte de varios de mis negros de una forma muy inusual. Mi esposa, hace unos dos meses, soñó que veía un ángel en la forma de una mujer grande quien le contó que el tiempo estaba alterado y las estaciones cambiadas y que varias calamidades seguirían a esta confusión. Dios aparte Su juicio de este pobre país.

1711.
Octubre, 21. Me levanté cerca de las 6 y empezamos a empacar nuestro equipaje para regresar. Tomamos chocolate con el Gobernador y sobre las 10 partimos hacia el pueblo de Nottoway, y los niños indios vinieron con nosotros, asignados para la Universidad4. El Gobernador les hizo tres propuestas a los Tuscaroras: que se unieran a los ingleses para terminar con aquellos indios que habían asesinado a la gente de Carolina; que se les darían 40 chelines por cada cabeza que trajeran de aquellos indios culpables y se les pagaría el precio de un esclavo por cada uno que trajeran vivo; y que ellos deberían enviar a uno de los hijos de cada jefe de cada pueblo a la Universidad. Cenamos cerca de las 4, carne hervida otra vez. El caballo de mi asistente estaba débil por lo que lo dejaron sangrar. En la noche le pedí a una joven negra que me besara, y cuando me fui a la cama tenía mucho frío porque hacía mucho que me había sacado la ropa. Renuncié a decir mis oraciones pero tuve buena salud, buenos pensamientos y buen humos, gracias a Dios Todopoderoso.

1712.
Febrero, 5. Me levanté sobre las 8. Mi esposa me mantuvo mucho tiempo en la cama donde me la tiré. No leí nada, pero puse mis asuntos en orden. Rehusé decir mis oraciones y comí carne hervida para el desayuno. Mi esposa hizo que varios esclavos fueran azotados por su holgazanería. Hice algunas cuentas y puse otros asuntos en orden hasta que fue hora de la cena. De noche leí algo de latín. Recé mis oraciones y tuve buena salud, buenos pensamientos y buen humor, gracias a Dios Todopoderoso. Luego me tiré a mi esposa otra vez.

1Flavius Josephus (37-100 dC), historiador judío descendiente de la casta sacerdotal.
2Referencia a los ejercicios físicos que realizaba de forma cotidiana.
3Luciano de Samosata (125 – 180 dC), escritor sirio que desarrolló su obra en griego.
4En el original en inglés: College, en alusión a The College of William and Mary at Williamsburg, del cual Byrd era uno de sus supervisores, y donde College debe interpretarse como Universidad o Facultad, dependiendo del caso.

jueves, 25 de febrero de 2016

NARRACIÓN DEL CAUTIVERIO Y LA RESTITUCIÓN DE MRS. MARY ROWLANDSON


Autora: MARY ROWLANDSON

Traductor: Pedro Peña

N. del T.: Entre 1675 y 1678 se desarrolló en Nueva Inglaterra (hoy EEUU) un conflicto armado de grandes proporciones entre nativos y colonos. Se lo conoció como la Guerra del Rey Phillip, en alusión al nombre cristiano que los colonos le habían adjudicado a Metacomet, jefe de los Wampanoag, capturado por los colonos ingleses y muerto en cautiverio. Mary Rowlandson (1637 – 1711) vivía en Lancaster, Massachusetts, al comienzo de la guerra. Su casa fue atacada y ella secuestrada por los nativos, con los que convivió casi tres meses. En ese tiempo se movieron de forma constante por territorio salvaje, con todas las privaciones y penurias que pudieran acaecerle a una cautiva. Una de sus hijas murió durante aquel periodo y otros dos fueron separados de ella. Finalmente, el 2 de mayo, fue rescatada. En 1682 se publicó por primera vez su historia, escrita por ella misma, bajo el título A Narrative of the Captivity and Restoration of Mrs. Mary Rowlandson (ver título). Bajo clara influencia del Puritanismo, la prosa de Rowlandson acude constantemente a citas y episodios bíblicos. Puede parecer un tanto repetitiva en la utilización de ciertas expresiones o palabras, e incluso la temporalidad del relato ofrece ciertas dificultades, pero es un texto notablemente útil para entender aquel mundo. Los nativos representan lo salvaje, bárbaro e infiel en oposición a la piedad y a la civilización de los cristianos blancos, lo que se constituiría más tarde en una forma dominante de ver el mundo. La narrativa americana de cautiverio, que en nuestras latitudes fue tan popular durante el siglo XIX (basta mencionar los ejemplos de Andrés Echeverría y José Hernández), tiene aquí uno de sus textos originarios.


   EL DÉCIMO DÍA del mes de Febrero de 1675 vinieron los indios en gran número sobre Lancaster. Su primera llegada fue cerca del amanecer; escuchando el ruido de las armas, observamos afuera; muchas casas se estaban incendiando y el humo ascendía al cielo. Cinco personas fueron capturadas en una casa. El padre, la madre y un niño de pecho fueron golpeados en la cabeza. Tomaron a otros dos niños y se los llevaron vivos. Hubo otros dos que, estando fuera de la guarnición en aquel momento, fueron atacados. Uno de ellos fue golpeado en la cabeza, el otro escapó. Hubo otro que, al huir, fue alcanzado y herido por disparos, y cayó; les suplicó por su vida, prometiéndoles dinero (tal como ellos me narraron), pero no lo escucharon sino que lo golpearon en la cabeza y lo desnudaron y le abrieron las entrañas. Otro más, viendo a muchos de los indios alrededor de su granero, se arriesgó a salir, pero fue rápidamente derribado por otro disparo. Hubo otros tres pertenecientes a la misma guarnición que fueron asesinados. Los indios, subiendo al techo del granero, tenían ventaja para disparar sobre ellos y la fortificación. De esa manera aquellos desdichados asesinos continuaron quemando y destruyendo todo tras ellos.
   Entonces vinieron y sitiaron nuestra propia casa, y aquello rápidamente se volvió el día más triste que alguna vez vieran mis ojos. La casa se alzaba sobre el borde de una colina. Algunos de los indios se colocaron detrás de la colina, otros dentro del granero, y aun otros detrás de cualquier cosa que pudiera protegerlos. Desde todos esos lugares disparaban contra la casa, de manera que las balas parecían volar como granizo; rápidamente hirieron a uno de los nuestros, luego a otro, y luego a un tercero. Cerca de dos horas -de acuerdo a mi observación, en ese tiempo increíble- habían estado en los alrededores de la casa antes de que se decidieran a quemarla, lo que hicieron con lino y cáñamo que sacaron del granero, y estando sin defensa la casa, con solo dos laderos en dos esquinas opuestas, y uno de ellos aun sin terminar. Prendieron fuego la casa una vez y alguien de los nuestros se aventuró afuera y lo extinguió, pero ellos rápidamente la incendiaron de nuevo, y aquello bastó. Y ahora es cuando la hora terrible ha llegado, aquella de la que alguna vez había escuchado, en tiempo de guerra, como era el caso de otros, pero que ahora mis ojos ven. Algunos en nuestra casa luchaban por sus vidas, otros se revolcaban en su sangre, la casa incendiada sobre nuestras cabezas, y el sangriento pagano listo para golpearnos en la cabeza si salíamos afuera. Ahora es posible que escuchemos a las madres y los niños gritando por ellos mismos y por los otros: “Señor, qué debemos hacer?”
   Entonces tomé a uno de mis hijos, y una de mis hermanas tomó al suyo, y nos pusimos en marcha para abandonar la casa; pero tan pronto como llegamos a la puerta y aparecimos, los indios dispararon de tal forma que las balas repiquetearon como si alguien hubiera tomado un puñado de piedras y las hubiera lanzado contra la casa, por lo que con agrado retornamos. Teníamos seis vigorosos perros pertenecientes a nuestra guarnición, pero ninguno de ellos se movía, cuando en otras ocasiones, si algún indio hubiera llegado a la puerta, habrían estado listos para volar sobre él y derribarlo. El Señor en este acto nos haría reconocer Su mano, y ver que nuestra ayuda está siempre y únicamente en Él. Pero debemos ir afuera, con el fuego creciendo detrás, rugiendo, y los indios delante de nosotros, boquiabiertos, con sus armas, lanzas y hachas listas para aniquilarnos. Tan pronto como estuvimos fuera, mi cuñado, habiendo sido herido en la garganta mientras defendía la casa, cayó muerto, con lo cual los indios desdeñosamente gritaban y hacían reverencia. Se lanzaron sobre él, quitándole sus ropas. Con las balas volando abundantes, una me atravesó el costado, y la misma, al parecer, atravesó las entrañas y la mano de mi querida niña en mis brazos. La pierna de uno de los niños de una de mis hermanas mayores, William, se quebró, y cuando los indios lo vieron golpearon su cabeza. De esa manera fuimos destrozados por aquellos inmisericordes paganos, pasmados, con la sangre corriendo hasta nuestros talones. Mi hermana mayor, estando aun en la casa y viendo estas cosas desgraciadas, a los infieles arrastrando a las madres a un lado y a los niños al otro, y algunos revolcándose en su sangre, y con su hijo pequeño diciéndole que su hijo William estaba muerto y que yo misma estaba herida, dijo: “Oh, Señor, déjame morir con ellos”, y al terminar de decirlo una bala le acertó y cayó muerta sobre el umbral. Yo espero que ella esté cosechando la fruta de sus buenas labores, siendo fiel al servicio de Dios desde su lugar. En sus años más jóvenes ella tuvo muchos problemas acerca de las cosas del espíritu, hasta que le complació a Dios que aquella preciada escritura enraizara en su corazón: “Y me ha dicho: mi Gracia es suficiente para ti” (2 Corintios, 12.9). Más de veinte años atrás la he escuchado decir cuán dulce y confortable era para ella aquel lugar. Pero para retornar: los indios nos capturaron, empujándome hacia uno de los lados y a los niños hacia el otro, y dijeron: “Sigan con nosotros”; yo les dije que me matarían y ellos respondieron que si yo estaba dispuesta a seguirlos no me harían daño.  
  ¡Oh, qué triste vista se extendía para ser contemplada en la casa! “Vengan, contemplen los trabajos del Señor, qué desolación ha dejado en la tierra”. De treinta y siete personas que había allí, ninguno escapó a la muerte o al todavía más amargo cautiverio, salvo uno solo, quien podría bien decir: “Y solo yo escapé para contarlo” (Job, 1.15). Hubo doce muertos, algunos alcanzados por disparos, otros acuchillados por lanzas, otros golpeados por hachas. Cuando estamos en prosperidad, ¡oh!, qué poco pensamos en estas tristes vistas, en ver a nuestros queridos amigos y relaciones yacer echando la sangre de su corazón sobre el suelo. Había uno cuya cabeza había sido hundida por un hacha y su cuerpo desvestido hasta quedar desnudo, y aun así gateaba de un lado al otro. Es una vista solemne el ver tantos Cristianos yaciendo acostados sobre su sangre, algunos aquí, otros allá, como un rebaño de ovejas dividido por los lobos, todos despojados de sus ropas por un grupo de sabuesos del infierno, rugiendo, cantando, vociferando e insultando, como si fueran a quitarnos nuestros propios corazones. Sin embargo el Señor, por Su tremendo poder, preservó a algunos de la muerte, por lo que hubo veinticuatro de nosotros tomados con vida y llevados cautivos.

Antes de todo aquello yo había dicho muchas veces que si los indios venían, eligiría ser asesinada por ellos antes que ser llevada viva; pero cuando llegó la hora cambié mi pensamiento; sus armas relucientes intimidaron tanto mi espíritu que preferí seguir a aquellas, yo diría, voraces bestias, antes que terminar mis días en aquel momento. Y como lo mejor será que declare lo que me sucedió durante aquel penoso cautiverio, hablaré de las diversas mudanzas que tuvimos de aquí para allá en tierra salvaje.

sábado, 6 de febrero de 2016

DIARIO DE JOHN WINTHROP y el primer caso de brujería en Massachusets


N. del T.: John Winthrop (1588 – 1649) fue un acaudalado hombre de leyes inglés y una de las figuras principales en la fundación de la Massachusets Bay Colony a partir de 1630. Su Diario (The Journal of John Winthrop, publicado por primera vez en 1826) es uno de los testimonios más importantes de aquellas épocas. Winthrop era puritano, lo que se plasma claramente en sus escritos. Sus ideas religiosas acerca de la vida y del trabajo arraigaron de forma notoria en la identidad de lo que en aquel momento era New England. Los EEUU han basado gran parte de su ser nacional en las prácticas y creencias del puritanismo, del cual Winthrop era un baluarte.

He elegido para esta traducción un breve fragmento de su Diario en el que se describen someramente los cargos y las “pruebas” en contra de Margaret Jones, la primera mujer en ser ejecutada en el inicio de una cacería de brujas que se desarrolló en Massachusets entre 1648 y 1663.



4 de Junio, 1648. 
ANTE ESTA CORTE Margaret Jones de Charlestown fue acusada de brujería y colgada por ello. La evidencia en su contra fue: 1, se encontró que poseía un toque maligno, porque muchas personas (hombres, mujeres y niños) a los que ella acariciaba o tocaba, tanto con afecto como con disgusto, sufrían de sordera, vómitos u otros violentos dolores o enfermedades; 2, estando ella practicando medicina, y siendo sus medicinas cosas inocuas tales como (por su propia confesión) anisado, licores, etc., aun así tenían efectos violentos extraordinarios; 3, solía decirles a las personas que no usaban sus medicinas que de esa manera nunca curarían, y de esa forma sus enfermedades y heridas continuaban, con recaídas en contra del curso ordinario y más allá de la comprensión de los doctores y cirujanos; 4, algunas de las cosas que predijo ocurrieron de acuerdo a sus palabras; otras cosas de las que ella podía contar (charlas secretas, por ejemplo), no tenía medios corrientes de haberlas conocido; 5, ella tenía (comprobado en una búsqueda) un pezón visible en sus partes secretas, tan fresco como si hubiera sido recientemente succionado, y luego de haber sido revisada, a la fuerza, aquel pezón se atrofió y otro comenzó a surgir en el lado opuesto 1; 6, en la prisión, a la clara luz del día, fue visto en sus brazos, estando ella sentada en el suelo y con sus ropas encima, un niño pequeño, el cual corrió desde su habitación hacia otra y, al ser perseguido por el guardia, desapareció. El pequeño fue visto en otros dos lugares con los cuales ella guardaba relación; y una joven que lo vio cayó enferma después y fue curada por la tal Margaret, que usó sus medios y recursos a tales efectos. Su comportamiento durante el juicio fue muy destemplado, mintiendo notoriamente y clamando en contra del jurado y de los testigos, y en tal destemplanza murió. El mismo día y a la misma hora en la que fue ejecutada, hubo una gran tempestad en Connecticut, la cual derribó muchos árboles.



 
1 Se pensaba que tales anomalías en el cuerpo servían para amamantar demonios, por lo tanto eran consideradas evidencia de brujería.

sábado, 16 de enero de 2016

NANTUCKET (Moby Dick. Capítulo 14)


N. del T.: Moby Dick, obra cumbre de Herman Melville, fue publicada por primera vez en 1851. Es una de las novelas más famosas de la literatura universal. En ella se narra el viaje del Pequod, un barco ballenero al mando del Capitán Ahab. Éste es un hombre obsesionado por capturar a Moby Dick, la enorme ballena blanca con la que ya se ha cruzado en el pasado. Los primeros capítulos se centran en los prolegómenos del viaje. En el traducido aquí se describe la isla de Nantucket, puerto obligado de partida de los grandes buques balleneros norteamericanos que surcaron las aguas de todos los océanos durante el siglo XIX. El texto completo de la novela puede encontrarse en internet. Hay además una emblemática película (Moby Dick, 1956) dirigida por John Huston, protagonizada por Gregory Peck, con guión de Ray Bradbury. En ella destaca un maravilloso monólogo de Orson Welles como predicador.



NADA más sucedió en el transcurso digno de ser mencionado; por lo que, después de un hermoso viaje, llegamos seguros a Nantucket.
¡Nantucket! Toma tu mapa y mírala1. Observa el verdadero rincón del mundo que ocupa; cómo se yergue allí, lejos de la costa, aun más solitaria que el faro de Eddynstone. Mírala – un simple montículo, un codo de arena; todo playa sin nada detrás. Hay más arena allí que la que usarías en veinte años como sustituto del papel secante. Algunos graciosos te dirán que hasta tienen que plantar malezas allí porque no crecen naturalmente; que importan cardos de Canadá; que tienen que mandar a buscar un espiche a ultramar para detener una pérdida en el tonel de aceite; que las piezas de madera en Nantucket son transportadas como los trozos de la cruz verdadera en Roma; que allí la gente planta hongos venenosos delante de sus casas para refugiarse bajo su sombra en el verano; que una brizna de hierba es un oasis, que tres briznas en una caminata de un día es una pradera; que usan zapatos para arenas movedizas, parecidos a los zapatos de nieve lapones; que son tan cerrados, encerrados de todas las formas, rodeados, y convertidos en una absoluta isla por el océano, que algunas veces hasta se encuentran pequeñas almejas adheridas a sus sillas y sus mesas, como a los lomos de tortugas marinas. Pero estas extravagancias solo muestran que Nantucket no es Illinois.
Observa ahora la maravillosa historia tradicional de cómo esta isla fue poblada por los pieles roja. Así va la leyenda: en tiempos antiguos un águila bajó en picada sobre la costa de Nueva Inglaterra y se llevó un pequeño niño indio en sus garras. Con audibles lamentos los padres vieron llevar a su hijo fuera de su vista sobre las amplias aguas. Decidieron salir en la misma dirección. Partieron en sus canoas y después de un peligroso viaje descubrieron la isla, y allí encontraron un ataúd de marfil vacío – el esqueleto del pobre pequeño indio.
¡No hay maravilla, entonces, en que aquellos habitantes de Nantucket, nacidos sobre una playa, tomaran al mar como sustento! Primero atraparon cangrejos y almejas en la arena; más audaces, se aventuraron al agua con redes para la caballa; más experientes, salieron en botes y capturaron bacalaos; y por último, botando una armada de grandes naves en el mar, exploraron este mundo de agua; pusieron un incesante cinturón de circunnavegaciones alrededor de él; se asomaron al estrecho de Bhering; y en todas las estaciones y océanos declararon la guerra eterna a la más poderosa masa animada que haya sobrevivido al diluvio; ¡la más monstruosa y más gigantesca! ¡Aquel mastodonte himalayo de agua salada, investido con tan ominoso poder inconsciente, que su pánico es más temible que sus intrépidos y maliciosos ataques!
Y de esta manera aquellos desnudos Nantuckenses, aquellos ermitaños marinos, salidos de su hormiguero en el mar, han recorrido y conquistado el mundo acuático como si fueran muchos Alejandros; repartiéndose el Atlántico, el Pacífico y el Índico, como lo hicieron las tres potencias piratas con Polonia. Dejen que América2 añada México a Texas, y apile a Cuba sobre Canadá; dejen que los ingleses dominen toda la India y hondeen su llameante bandera desde el sol; dos tercios de este globo terráqueo son del nantuckense. Porque el mar es suyo; él es su dueño, como los emperadores son dueños de sus imperios; los otros marinos solo tienen el derecho de paso a través de él. Las naves mercantes no son más que puentes extendidos sobre él; las naves armadas son solo fortalezas flotantes; hasta los piratas y los corsarios, a pesar de seguir el mar como los bandoleros siguen el camino, solo saquean otras naves, otros fragmentos de la tierra como ellos mismos, sin pretender sacar su sustento de la misma profundidad sin fondo. El nantuckense: él es el único que reside y se amotina en el mar; él solo, en el lenguaje de la Biblia, es el que desciende hacia él en naves; arándolo en todas direcciones como su propia plantación especial. Allí está su hogar; allí está su negocio, y ni siquiera el diluvio de Noé lo interrumpiría aunque arrollara a los millones de China. Él vive en el mar como los gallos silvestres viven en las praderas; él se esconde entre las olas, las trepa como los cazadores de gamuzas trepan los Alpes. Por años no sabe de la tierra; por eso cuando al final llega a ella, le huele a otro mundo, de forma más extraña que la luna a un hombre de la tierra. Con la gaviota sin tierra, que al anochecer pliega sus alas y se duerme mecida por las olas; de la misma manera el nantuckense, al anochecer, sin tierra a la vista, pliega sus velas y se recuesta a descansar, mientras que debajo de su almohada se precipitan manadas de morsas y ballenas.




1 El narrador intradiegético se dirige directamente a un narratario heterodiegético que es el mismo lector, en un juego bastante común en la narrativa del siglo XIX. En este caso he optado por el uso del castellano neutro y de la segunda persona del singular, aunque bien puede tomarse como válida (y hay traducciones que lo hacen) la segunda persona del plural (vosotros, ustedes).
2 “América” en este caso debe tomarse como los EEUU.


martes, 29 de diciembre de 2015

HISTORIA GENERAL DE VIRGINIA - Libro Tercero - Capítulo I

AUTOR: Capitán John Smith
TRADUCTOR: Pedro Peña


N. del T.: el Capitán John Smith (Lincolnshire, 1580 – Londres, 1631) es una de las figuras principales de la colonización inglesa en Norteamérica. Su vida estuvo plagada de sucesos heroicos, capturas, escapes, motines y batallas. Entre 1606 y 1609 participó del intento de colonización realizado en Virginia. Aparentemente al principio de la expedición Smith habría causado problemas entre los demás integrantes de la compañía, lo que casi termina con su vida. El capítulo de su Historia General de Virginia que traduzco aquí tiene algunas particularidades: Smith cuenta su historia casi siempre en tercera persona del singular, aunque en ocasiones cambia a la primera persona tanto del singular como del plural. Los tiempos verbales también presentan sus vaivenes: a un párrafo en pretérito bien puede seguir otro en presente sin que medie al respecto un cambio significativo en el presente del acto de enunciación. Por otra parte, la escritura de Smith es deudora del barroco: sus enunciados son extensos y en ellos abundan las yuxtaposiciones, coordinaciones y subordinaciones, lo que puede redundar en una prosa recargada y de períodos extensos. También se han dado a lo largo de los siglos diversos debates sobre la veracidad de sus escritos, pues al parecer Smith era bastante fanfarrón y se preocupaba siempre de quedar bien parado, como el lector podrá comprobar después de leer este capítulo. Como detalle curioso, Smith es aquel héroe inglés salvado por la princesa Pocahontas en la película animada homónima.


   Bien podría pensarse que un país tan atractivo (como lo es Virginia) y un pueblo tan tratable [como lo son los indios] no deberían haber tardado tanto en ser dominados pacíficamente, a satisfacción de los que aventuraron su dinero a tales efectos y para la eternización de aquellos que lo realizaron. Pero como todo el mundo ve en esto una falla, este tratado dará satisfacción a todos los lectores imparciales mostrando cómo han sido llevados los asuntos, y sin dudas con él entenderán y responderán la pregunta de cómo fue que llegó a suceder que no hubo una mayor diligencia y suceso en aquellos eventos.
   El Capitán Bartholomew Gosnold, uno de los primeros proponentes de esta colonia, habiendo durante muchos años solicitado asistencia a muchos de sus amigos, y habiendo encontrado poca ayuda, al final prevaleció junto a algunos caballeros tales como el Capitán John Smith, el Maestre Edward Maria Wingfield, el Capellán Robert Hunt y varios otros, quienes esperaron por su proyecto durante un año; pero nada pudo realizarse hasta que su gran sacrificio e industria vinieron a ser conocidos por algunos miembros de la nobleza, la burguesía y mercaderes, de manera que Su Majestad, a través de su carta patente, dio órdenes de establecer consejo para dirigir desde aquí [Londres], y ejecutar allá [Virginia]. Para llevar a cabo esto se tomó otro año y para ese entonces se destinaron tres naves, una de 100 toneladas, otra de 40, y una pinaza de 20. El traslado de la compañía fue encomendado al Capitán Christopher Newport, un marinero bien preparado para navegar en la parte occidental de América. Pero sus órdenes para gobernar fueron puestas en una caja para que no fueran abiertas ni conocidas por los gobernadores hasta que llegaran a Virginia.
   El 19 de diciembre de 1606 zarpamos desde Blackwell, pero a causa de escasos vientos nos mantuvimos seis semanas avistando Inglaterra, tiempo durante el cual el Capellán Hunt, nuestro Predicador, estuvo tan débil y enfermo que pocos esperaban su recuperación. Aun así, a pesar de que estaba a no más de veinte millas de su hogar (el tiempo que estuvimos en el canal) y sin reparar en el tiempo tormentoso ni en las escandalosas imputaciones (de unos pocos, algo mejores que ateos, del mayor rango entre nosotros) sugeridas en su contra, todo lo que nunca pudo forzar en él más que un aparente deseo de dejar el asunto, prefirió el servicio de Dios en tan buena travesía, anteponiendo el afecto para impugnar a sus enemigos ateos cuyos desastrosos designios (que podrían haber prevalecido) habían ya entonces depuesto el asunto; tantos descontentos surgieron entonces, pero el agua paciente de sus devotas oraciones aplacó aquellas llamas de envidia y discordia.
   Cargamos agua en las Canarias; comerciamos con los salvajes en Dominica; tres semanas pasamos recuperándonos entre aquellas islas de las Indias Occidentales; en Guadalupe encontramos un lugar de baños tan caliente que en él podría hervirse el puerco tan bien como sobre el fuego. Y en una pequeña isla llamada Monito, capturamos de los arbustos, con nuestras propias manos, casi dos toneles llenos de pájaros en tres o cuatro horas. En Nevis, Mona y en las Islas Vírgenes pasamos algún tiempo en el cual, con una repugnante bestia parecida a un cocodrilo, llamada iguana, tortugas, pelícanos, loros y peces, todos los días nos hacíamos festines.
   Salidos de allí en busca de Virginia, la compañía se mostró algo molesta viendo que los marineros habían sobrepasado en tres días el tiempo estimado de viaje sin encontrar tierra, de manera que el Capitán Ratcliffe (Capitán de la pinaza) deseaba más bien voltear el timón para regresar a Inglaterra que realizar una búsqueda más lejana. Pero Dios, el guía de todas las buenas acciones, forzándolos con una gran tormenta a ir a la deriva y con las velas plegadas durante toda la noche, los condujo mediante Su Providencia al puerto deseado, más allá de todas las expectativas, ya que nunca ninguno de ellos había visto la costa.
   Al primer punto de tierra que divisaron lo llamaron Cabo Henry, donde treinta de ellos, mientras holgaban y se recreaban en la costa, fueron atacados por cinco salvajes que hirieron muy peligrosamente a dos de los ingleses. Esa noche fue abierta la caja y leídas las órdenes enviadas por el Consejo de Londres, en las cuales Bartholomew Gosnold, John Smith, Edward Wingfield, Christopher Newport, John Ratcliffe, John Martin y George Kendall fueron nombrados para integrar el Consejo y para elegir un Presidente entre ellos, por un año, con quien el Consejo debería gobernar. Los asuntos de importancia serían examinados por un jurado pero determinados por la mayoría del Consejo, en el que el Presidente tendría dos votos. Hasta el 13 de mayo buscaron un lugar en el que sembrar; entonces el Consejo tomó juramento; el Capitán Wingfield fue elegido Presidente y se explicó por escrito por qué el Capitán Smith no fue admitido en el Consejo.
   De inmediato todos se pusieron a trabajar, el Consejo planea la construcción de un fuerte, el resto corta árboles para hacer lugar para las tiendas, algunos proveen los tablones para reparar las embarcaciones, algunos hacen huertos, algunos trampas, etc. Los salvajes a menudo nos visitaban amablemente. El altivo celo del Presidente no admitía ningún tipo de ejercicios de armas o fortificaciones, salvo algunos troncos dispuestos en la forma de una media luna por los extraordinarios esfuerzos y diligencia del Capitán Kendall.
   Newport, Smith y veinte hombres más fueron enviados a descubrir la naciente del río [James River]. Por diversos y estrechos lugares pasaron; en seis días llegaron a un poblado llamado Powhatan, consistente en una docena de refugios agradablemente ubicados sobre una colina, ante la cual se extendían tres islas fértiles, y alrededor de ella muchas plantaciones de maíz; el lugar es muy agradable y fuerte por naturaleza; el Príncipe de este lugar es llamado Powhatan y su pueblo los Powhatans. Hasta este lugar el río es navegable, pero una milla más arriba, a causa de las rocas y las islas, no hay espacio ni para un pequeño bote; a este lugar lo llaman las Cataratas. La gente de todas partes los trató amablemente, hasta que habiendo retornado a una distancia de veinte millas de Jamestown, los indios les dieron justa causa de desconfianza, pero Dios no había bendecido a los descubridores de una manera distinta a la de aquellos que habían quedado en el fuerte, donde la colonia había llegado a su fin, y allí en el fuerte, al que arribaron al día siguiente, encontraron diecisiete hombres heridos y un muchacho asesinado por los salvajes, y de no haber sido porque el disparo de una de las naves derribó un tronco de un árbol justo entre ellos, lo que causó su retirada, todos nuestros hombres habrían sido asesinados, estando seguramente todos trabajando y sus armas en las cubas.
   De aquí en más el Presidente estuvo conforme en que el fuerte sería protegido por una empalizada, el cañón montado, sus hombres armados y ejercitados, porque habían sido muchos los ataques y emboscadas de los salvajes, y nuestros hombres, por su desorden, eran heridos a menudo, mientras los salvajes, por la destreza de sus talones, bien que escapaban.
   El duro trabajo que tuvimos, con tan poca fuerza, para cuidar a nuestros trabajadores de día, vigilar durante la noche, resistir a nuestros enemigos, y realizar los trabajos que permitieran reparar las naves, derribar árboles y preparar el suelo para plantar nuestro maíz, etc., lo dejo a la consideración de los lectores. Habiendo empleado seis semanas de esta manera, el Capitán Newport, quien había sido contratado solo para nuestro transporte, iba a regresar con las naves. Ahora, el Capitán Smith... todo este tiempo desde la partida de las Canarias, fue retenido como prisionero bajo la escandalosa implicancia de algunos de los jefes, quienes, envidiando su reputación, simularon que él intentaba usurpar el gobierno, asesinar al Consejo y nombrarse él mismo rey, que sus cómplices estaban dispersos en la tres naves y que varios de sus cómplices que revelaron el asunto lo confirmarían; y por esto fue remitido como prisionero.
   Trece semanas permaneció de esa forma como sospechoso, y para cuando las naves debían retornar, ellos [las autoridades de Jamestown] pretendieron como acto de compasión enviarlo al Consejo en Inglaterra para que recibiera castigo, en vez de, revelando sus motivos, de ese modo hacerlo odioso al mundo como para disponer de su vida o derribar completamente su reputación. Pero él desdeñó tanto de su caridad y publicamente desafió con máximo esfuerzo su crueldad, que sabiamente evitó sus maniobras a pesar de que no pudo evitar su envidia; y tanto fue lo que él se menospreció a sí mismo en este asunto que toda la tripulación pudo ver su inocencia y la malicia de sus adversarios; y aquellos sobornados para acusarlo, acusaron a sus acusadores de soborno; muchas falsedades fueron alegadas en su contra, pero siendo tan bien refutadas, se engendró un odio general en los corazones de los hombres de la compañía hacia los injustos comandantes, y por eso se decretó que el Presidente le diera 200 Libras, de manera que todo lo que él [Presidente Wingfield] tenía fue tomado como parte de la reparación, lo cual Smith de inmediato devolvió al almacén comunal para uso general de la colonia.
   Muchas fueron las jugarretas que diariamente surgieron de sus ignorantes y aun ambiciosos espíritus, pero la buena doctrina y las exhortaciones de nuestro pedicador, el Capellán Hunt, los reconciliaron y provocaron que el Capitán Smith fuera admitido de nuevo en el Consejo. Al día siguiente todos recibieron la Comunión; al otro día, los salvajes voluntariamente desearon la paz, y el Capitán Newport regresó a Inglaterra con noticias, dejando cien hombres en Virginia, el 15 de junio de 1607.
   Como esto observa:

Los buenos hombres nunca traen la ruina de sus pueblos.
Pero cuando los hombres malvados comienzan con injurias,
Sin cuidar de corromper o violar
A los jueces por su propio lucro,
Entonces aquel país no podrá tener paz duradera
Aunque en el presente tenga descanso y alivio. 1



1Cita de las Máximas del poeta griego Theognis de Megara.