domingo, 20 de marzo de 2016

APOLOGÍA DE LAS AMANTES MADURAS (Old Mistresses Apologue)


N. del T.: Benjamin Franklin (Boston, 1706 – Filadelfia, 1790) es considerado uno de los padres fundadores de los EEUU. Nacido de una familia pobre, es una de las primeras encarnaciones del legendario self-made-man estadounidense. Se lo asocia tanto a la política como a la ciencia. Destacó como embajador de las entonces colonias inglesas en Europa al igual que como inventor. Y escribió muchísimo sobre sus trabajos en un campo y en el otro. El texto que sigue no fue dado a conocer al público hasta bien entrado el siglo XX. Ninguno de los biógrafos y editores decimonónicos de Franklin se atrevió a publicarlo antes por juzgarlo demasiado indecente. Late en las palabras del autor una visión muy machista de la mujer y de su rol social y cultural. Por eso mismo el texto podría servir para historiar la forma en que las culturas hoy dominantes, a través de las ideas de uno de sus forjadores, han considerado las relaciones entre hombres y mujeres. Y también para visualizar cómo es que esas ideas han evolucionado, en uno u otro sentido.

Por último, un detalle: las versiones que circularon de forma privada iban bajo el título original de “Advice to a young man on the choice of a mistress”. En castellano: “Consejo para un joven ante la elección de una amante”.





25 de junio de 1745

Mi querido amigo,

No conozco medicina natural alguna que sirva para disminuir las violentas inclinaciones naturales que tú mencionas; y si la conociera, pienso que no te la aconsejaría. El matrimonio es el remedio adecuado. Es el estado más natural del hombre, y por esa razón el estado en el que más probablemente encontrarás una sólida felicidad. Tus razones en contra de entrar en él al presente, me parecen no bien fundadas. Las ventajas circunstanciales que tienes en vista al posponerlo no solamente son inciertas sino que son pequeñas en comparación con el asunto en sí, con el estar casado y asentado. Son el hombre y la mujer unidos los que hacen al ser humano completo. Separados, ella quiere el poder de su cuerpo y la fuerza de su razón; él, su suavidad, sensibilidad y ajustado discernimiento. Juntos es más probable que triunfen en el mundo. Un hombre soltero ni siquiera se acerca al valor que podría tener en aquel estado de unión. Es un animal incompleto. Se asemeja a la mitad impar del par de tijeras. Si consigues una esposa prudente y saludable, tu industria en tu profesión y su buena economía harán suficiente fortuna.

Pero si tú no tomas este consejo, y persistes en pensar en el comercio inevitable del sexo, entonces repito mi consejo anterior: que en todos tus amores prefieras las mujeres maduras a las jóvenes. Tú llamas a esto una paradoja y requieres mis razones. Y son estas:



1. Porque como tienen un mayor conocimiento del mundo y sus mentes están mejor dotadas de observaciones, su conversación es más instructiva y más perdurablemente agradable.



2. Porque cuando las mujeres dejan de ser atractivas se preocupan por ser buenas. Para mantener su influencia sobre el hombre, ellas suplen la disminución de la belleza con un aumento de la utilidad. Aprenden a realizar mil servicios pequeños y grandes, y son el amigo más tierno y útil cuando estás enfermo. De esa manera ellas siguen siendo amables. Y por consiguiente es muy raro que se encuentre tal cosa como una mujer madura que no sea una buena mujer.



3. Porque no hay riesgo de niños, los cuales, si son producidos irregularmente, deben ser atendidos con mucha inconveniencia.



4. Porque a través de su mayor experiencia, ellas son más prudentes y discretas para conducir una intriga que prevenga una sospecha. El comercio con ellas es de esa forma más seguro para tu reputación. Y también para la de ellas, si sucede que la aventura llega a conocerse, considerando que la gente podría estar bastante más inclinada a excusar a una mujer madura que amablemente prodiga cuidados a un hombre joven, pule sus costumbres con sus consejos y lo previene de arruinar su salud y fortuna entre las prostitutas mercenarias.



5. Porque en cada animal que camina vertical, las deficiencias de los fluidos que llenan sus músculos aparecen primero en las partes más altas: la cara es la primera en tornarse arrugada y sin vivacidad; luego el cuello; entonces el pecho y los brazos; las partes más bajas continúan hasta lo último tan rollizas como siempre; por lo tanto, cubriendo todo lo de arriba con una cesta, y considerando solo lo que queda debajo del cinturón, es imposible disinguir entre dos mujeres cuál es la madura y cuál es la joven. Y como en la oscuridad todos los gatos son pardos, el placer del disfrute corporal con una mujer madura es al menos igual, y frecuentemente superior, y cada habilidad, a través de la práctica, capaz de mejorarse.



6. Porque el pecado es menor. Corromper a una virgen puede ser su ruina y hacerla infeliz para toda la vida.



7. Porque el remordimiento es menor. Haber hecho miserable a una mujer joven puede darte frecuentes amargas reflexiones; ninguna de las cuales se presentará cuando hagas feliz a una mujer madura.



8. Finalmente, ¡ellas son tan agradecidas!



Y eso es todo para lo de mi paradoja. Pero aun te aconsejo que te cases directamente; saludos cordiales. Tu afectuoso amigo.




jueves, 3 de marzo de 2016

EL DIARIO SECRETO DE WILLIAM BYRD DE WESTOVER


Autor: William Byrd II
Traductor: Pedro Peña

N. del T.: William Byrd II (Virginia, 1674 – 1744) fue un acaudalado dueño de plantaciones y esclavos en las colonias americanas. Hombre de una vasta cultura, también fue exitoso en sus emprendimientos políticos, llegando a ocupar altos cargos en los Consejos y en las Cortes de la Colonia, y también representando los intereses de Nueva Inglaterra en la Europa continental. Asimismo se lo considera el fundador de la ciudad de Richmond, Virginia. Aficionado a las letras y creyente, escribió obras sobre diversos asuntos de la época, entre las que destaca The Secret Diary of William Byrd of Westover, que registra sucesos personales entre 1709 y 1712 con una honestidad bastante riesgosa. Hay allí referencias a sus actividades comerciales, literarias, judiciales, y también un riguroso registro de sus aventuras amorosas, sus intentos a veces frustrados en ese campo, y los avatares de su vida conyugal. Todo el tiempo contrastan la devoción religiosa con la confesión de pecados carnales o de pensamientos impuros para el autor. Párrafo aparte para las repetidas menciones de los brutales castigos a los que él y su esposa sometían a los esclavos, narrados con suma naturalidad y sin el más mínimo atisbo de culpa. 
Se ha respetado del original la escritura de números en referencia a las horas del día.  

1709.
Mayo, 21. Me desperté a las 5 en punto y leí un capítulo en hebreo y algo de griego en Josefo1. Recé mis oraciones y tomé leche para el desayuno. Baile mi baile2. Cerca de las doce el Sr. Bland llegó de Williamsburg y me trajo algunas cartas de Inglaterra y un registro del Sr. Perry de 7 libras por tonel. Me tranquilizó acerca de que las pieles y los 350 toneles de tabaco fueron salvados del Perry and Lane, y algo más del tabaco que estaba en las otras naves que se perdieron en la tormenta que ocurrió en Inglaterra en enero. El sombrerero trajo algunos sombreros desde Appomattox. Ambos comieron conmigo. Comimos borrego y ensalada. En la tarde jugamos al billar. En la tardecita se fueron y yo hice una caminata por la plantación. Me puse de mal humor al ver trepar a mi esposa por sobre la cerca del jardín, ahora que ella está embarazada. Me encomendé del todo a Dios. Tuve buena salud, buenos pensamientos y buen humor, gracias a Dios Todopoderoso.

Octubre, 6. Me levanté a las 6 en punto y dije mis oraciones y tomé leche para el desayuno. Entonces me dirigí a Williamsburg, donde encontré todo bien. Fui al capitolio, donde envié por la criada para que limpiara mi dormitorio y cuando vino la besé y la acaricié, por lo cual Dios me perdone. Entonces fui a lo del Presidente, a quien encontré indispuesto. Almorcé con él carne de res con carne de res [sic]. Luego fuimos a su casa y jugamos piquet. Allí nos encontró el Sr. Clayton. Pasamos mucho trabajo para encontrar una botella de vino francés. Cerca de las diez en punto me fui a mi alojamiento. Tuve buena salud pero retorcidos pensamientos. Dios me perdone.

Octubre, 19. Me levanté a las 6 en punto y no pude rezar mis oraciones porque el Coronel Bassett y el Coronel Duke vinieron a verme. Por la misma razón, no pude leer nada. Tomé leche para el desayuno. Cerca de las 10 fuimos a la corte, donde un hombre estaba siendo juzgado por violar a una mujer muy fea. Había abundancia de mujeres en la galería. Me encomendé a Dios al entrar en la corte. Cerca de la una en punto fui a mi recámara para descansar un poco. La corte se levantó a las 4 en punto y cené con el Consejo. Comí carne hervida en la cena. Me dí a mí mismo la libertad de hablar de forma muy lasciva, por lo cual Dios me perdone. Dije mis oraciones y tuve buena salud, buenos pensamientos, buen humor, gracias a Dios Todopoderoso.

Noviembre, 2. Me levanté a las 6 en punto y leí un capítulo en hebreo y algo de griego en Luciano3. Dije mis plegarias y tomé leche para el desayuno, y asenté algunos registros y entonces fui a la corte donde pusimos fin a un asunto. Fuimos a cenar cerca de las 4 en punto y comí carne hervida de nuevo. Al atardecer fui a lo del Dr. Barret, adonde había venido mi esposa esta tarde. Aquí encontré a la Sra. Chiswell, a mi hermana Custis y a otras damas. Nos sentamos y hablamos hasta cerca de las 11 y entonces nos retiramos a nuestras recámaras. Jugué un poco con la Sra. Chiswell y la besé sobre la cama hasta que ella se enojó y mi esposa también se ofuscó por esto y gritó y lloró cuando el resto se hubo ido. Pasé por alto decir mis oraciones, lo que no debí haber hecho, puesto que debía haber rogado perdón por la lujuria que sentí por la esposa de otro hombre. Sin embargo, tuve buena salud, buenos pensamientos, buen humor, gracias a Dios Todopoderoso.

1710.
Diciembre, 31. En alguna noche de este mes soñé que veía una espada en llamas en el cielo y llamaba a alguien para verla, pero antes de que pudieran venir ya había desaparecido. Cerca de una semana después mi esposa y yo estábamos caminando cuando descubrimos entre las nubes una nube brillante con la forma exacta de un dardo que parecía abatirse sobre mi plantación, pero asimismo pronto desapareció. Ambas apariciones parecían anunciar algún infortunio que luego vino a suceder con la muerte de varios de mis negros de una forma muy inusual. Mi esposa, hace unos dos meses, soñó que veía un ángel en la forma de una mujer grande quien le contó que el tiempo estaba alterado y las estaciones cambiadas y que varias calamidades seguirían a esta confusión. Dios aparte Su juicio de este pobre país.

1711.
Octubre, 21. Me levanté cerca de las 6 y empezamos a empacar nuestro equipaje para regresar. Tomamos chocolate con el Gobernador y sobre las 10 partimos hacia el pueblo de Nottoway, y los niños indios vinieron con nosotros, asignados para la Universidad4. El Gobernador les hizo tres propuestas a los Tuscaroras: que se unieran a los ingleses para terminar con aquellos indios que habían asesinado a la gente de Carolina; que se les darían 40 chelines por cada cabeza que trajeran de aquellos indios culpables y se les pagaría el precio de un esclavo por cada uno que trajeran vivo; y que ellos deberían enviar a uno de los hijos de cada jefe de cada pueblo a la Universidad. Cenamos cerca de las 4, carne hervida otra vez. El caballo de mi asistente estaba débil por lo que lo dejaron sangrar. En la noche le pedí a una joven negra que me besara, y cuando me fui a la cama tenía mucho frío porque hacía mucho que me había sacado la ropa. Renuncié a decir mis oraciones pero tuve buena salud, buenos pensamientos y buen humos, gracias a Dios Todopoderoso.

1712.
Febrero, 5. Me levanté sobre las 8. Mi esposa me mantuvo mucho tiempo en la cama donde me la tiré. No leí nada, pero puse mis asuntos en orden. Rehusé decir mis oraciones y comí carne hervida para el desayuno. Mi esposa hizo que varios esclavos fueran azotados por su holgazanería. Hice algunas cuentas y puse otros asuntos en orden hasta que fue hora de la cena. De noche leí algo de latín. Recé mis oraciones y tuve buena salud, buenos pensamientos y buen humor, gracias a Dios Todopoderoso. Luego me tiré a mi esposa otra vez.

1Flavius Josephus (37-100 dC), historiador judío descendiente de la casta sacerdotal.
2Referencia a los ejercicios físicos que realizaba de forma cotidiana.
3Luciano de Samosata (125 – 180 dC), escritor sirio que desarrolló su obra en griego.
4En el original en inglés: College, en alusión a The College of William and Mary at Williamsburg, del cual Byrd era uno de sus supervisores, y donde College debe interpretarse como Universidad o Facultad, dependiendo del caso.

jueves, 25 de febrero de 2016

NARRACIÓN DEL CAUTIVERIO Y LA RESTITUCIÓN DE MRS. MARY ROWLANDSON


Autora: MARY ROWLANDSON

Traductor: Pedro Peña

N. del T.: Entre 1675 y 1678 se desarrolló en Nueva Inglaterra (hoy EEUU) un conflicto armado de grandes proporciones entre nativos y colonos. Se lo conoció como la Guerra del Rey Phillip, en alusión al nombre cristiano que los colonos le habían adjudicado a Metacomet, jefe de los Wampanoag, capturado por los colonos ingleses y muerto en cautiverio. Mary Rowlandson (1637 – 1711) vivía en Lancaster, Massachusetts, al comienzo de la guerra. Su casa fue atacada y ella secuestrada por los nativos, con los que convivió casi tres meses. En ese tiempo se movieron de forma constante por territorio salvaje, con todas las privaciones y penurias que pudieran acaecerle a una cautiva. Una de sus hijas murió durante aquel periodo y otros dos fueron separados de ella. Finalmente, el 2 de mayo, fue rescatada. En 1682 se publicó por primera vez su historia, escrita por ella misma, bajo el título A Narrative of the Captivity and Restoration of Mrs. Mary Rowlandson (ver título). Bajo clara influencia del Puritanismo, la prosa de Rowlandson acude constantemente a citas y episodios bíblicos. Puede parecer un tanto repetitiva en la utilización de ciertas expresiones o palabras, e incluso la temporalidad del relato ofrece ciertas dificultades, pero es un texto notablemente útil para entender aquel mundo. Los nativos representan lo salvaje, bárbaro e infiel en oposición a la piedad y a la civilización de los cristianos blancos, lo que se constituiría más tarde en una forma dominante de ver el mundo. La narrativa americana de cautiverio, que en nuestras latitudes fue tan popular durante el siglo XIX (basta mencionar los ejemplos de Andrés Echeverría y José Hernández), tiene aquí uno de sus textos originarios.


   EL DÉCIMO DÍA del mes de Febrero de 1675 vinieron los indios en gran número sobre Lancaster. Su primera llegada fue cerca del amanecer; escuchando el ruido de las armas, observamos afuera; muchas casas se estaban incendiando y el humo ascendía al cielo. Cinco personas fueron capturadas en una casa. El padre, la madre y un niño de pecho fueron golpeados en la cabeza. Tomaron a otros dos niños y se los llevaron vivos. Hubo otros dos que, estando fuera de la guarnición en aquel momento, fueron atacados. Uno de ellos fue golpeado en la cabeza, el otro escapó. Hubo otro que, al huir, fue alcanzado y herido por disparos, y cayó; les suplicó por su vida, prometiéndoles dinero (tal como ellos me narraron), pero no lo escucharon sino que lo golpearon en la cabeza y lo desnudaron y le abrieron las entrañas. Otro más, viendo a muchos de los indios alrededor de su granero, se arriesgó a salir, pero fue rápidamente derribado por otro disparo. Hubo otros tres pertenecientes a la misma guarnición que fueron asesinados. Los indios, subiendo al techo del granero, tenían ventaja para disparar sobre ellos y la fortificación. De esa manera aquellos desdichados asesinos continuaron quemando y destruyendo todo tras ellos.
   Entonces vinieron y sitiaron nuestra propia casa, y aquello rápidamente se volvió el día más triste que alguna vez vieran mis ojos. La casa se alzaba sobre el borde de una colina. Algunos de los indios se colocaron detrás de la colina, otros dentro del granero, y aun otros detrás de cualquier cosa que pudiera protegerlos. Desde todos esos lugares disparaban contra la casa, de manera que las balas parecían volar como granizo; rápidamente hirieron a uno de los nuestros, luego a otro, y luego a un tercero. Cerca de dos horas -de acuerdo a mi observación, en ese tiempo increíble- habían estado en los alrededores de la casa antes de que se decidieran a quemarla, lo que hicieron con lino y cáñamo que sacaron del granero, y estando sin defensa la casa, con solo dos laderos en dos esquinas opuestas, y uno de ellos aun sin terminar. Prendieron fuego la casa una vez y alguien de los nuestros se aventuró afuera y lo extinguió, pero ellos rápidamente la incendiaron de nuevo, y aquello bastó. Y ahora es cuando la hora terrible ha llegado, aquella de la que alguna vez había escuchado, en tiempo de guerra, como era el caso de otros, pero que ahora mis ojos ven. Algunos en nuestra casa luchaban por sus vidas, otros se revolcaban en su sangre, la casa incendiada sobre nuestras cabezas, y el sangriento pagano listo para golpearnos en la cabeza si salíamos afuera. Ahora es posible que escuchemos a las madres y los niños gritando por ellos mismos y por los otros: “Señor, qué debemos hacer?”
   Entonces tomé a uno de mis hijos, y una de mis hermanas tomó al suyo, y nos pusimos en marcha para abandonar la casa; pero tan pronto como llegamos a la puerta y aparecimos, los indios dispararon de tal forma que las balas repiquetearon como si alguien hubiera tomado un puñado de piedras y las hubiera lanzado contra la casa, por lo que con agrado retornamos. Teníamos seis vigorosos perros pertenecientes a nuestra guarnición, pero ninguno de ellos se movía, cuando en otras ocasiones, si algún indio hubiera llegado a la puerta, habrían estado listos para volar sobre él y derribarlo. El Señor en este acto nos haría reconocer Su mano, y ver que nuestra ayuda está siempre y únicamente en Él. Pero debemos ir afuera, con el fuego creciendo detrás, rugiendo, y los indios delante de nosotros, boquiabiertos, con sus armas, lanzas y hachas listas para aniquilarnos. Tan pronto como estuvimos fuera, mi cuñado, habiendo sido herido en la garganta mientras defendía la casa, cayó muerto, con lo cual los indios desdeñosamente gritaban y hacían reverencia. Se lanzaron sobre él, quitándole sus ropas. Con las balas volando abundantes, una me atravesó el costado, y la misma, al parecer, atravesó las entrañas y la mano de mi querida niña en mis brazos. La pierna de uno de los niños de una de mis hermanas mayores, William, se quebró, y cuando los indios lo vieron golpearon su cabeza. De esa manera fuimos destrozados por aquellos inmisericordes paganos, pasmados, con la sangre corriendo hasta nuestros talones. Mi hermana mayor, estando aun en la casa y viendo estas cosas desgraciadas, a los infieles arrastrando a las madres a un lado y a los niños al otro, y algunos revolcándose en su sangre, y con su hijo pequeño diciéndole que su hijo William estaba muerto y que yo misma estaba herida, dijo: “Oh, Señor, déjame morir con ellos”, y al terminar de decirlo una bala le acertó y cayó muerta sobre el umbral. Yo espero que ella esté cosechando la fruta de sus buenas labores, siendo fiel al servicio de Dios desde su lugar. En sus años más jóvenes ella tuvo muchos problemas acerca de las cosas del espíritu, hasta que le complació a Dios que aquella preciada escritura enraizara en su corazón: “Y me ha dicho: mi Gracia es suficiente para ti” (2 Corintios, 12.9). Más de veinte años atrás la he escuchado decir cuán dulce y confortable era para ella aquel lugar. Pero para retornar: los indios nos capturaron, empujándome hacia uno de los lados y a los niños hacia el otro, y dijeron: “Sigan con nosotros”; yo les dije que me matarían y ellos respondieron que si yo estaba dispuesta a seguirlos no me harían daño.  
  ¡Oh, qué triste vista se extendía para ser contemplada en la casa! “Vengan, contemplen los trabajos del Señor, qué desolación ha dejado en la tierra”. De treinta y siete personas que había allí, ninguno escapó a la muerte o al todavía más amargo cautiverio, salvo uno solo, quien podría bien decir: “Y solo yo escapé para contarlo” (Job, 1.15). Hubo doce muertos, algunos alcanzados por disparos, otros acuchillados por lanzas, otros golpeados por hachas. Cuando estamos en prosperidad, ¡oh!, qué poco pensamos en estas tristes vistas, en ver a nuestros queridos amigos y relaciones yacer echando la sangre de su corazón sobre el suelo. Había uno cuya cabeza había sido hundida por un hacha y su cuerpo desvestido hasta quedar desnudo, y aun así gateaba de un lado al otro. Es una vista solemne el ver tantos Cristianos yaciendo acostados sobre su sangre, algunos aquí, otros allá, como un rebaño de ovejas dividido por los lobos, todos despojados de sus ropas por un grupo de sabuesos del infierno, rugiendo, cantando, vociferando e insultando, como si fueran a quitarnos nuestros propios corazones. Sin embargo el Señor, por Su tremendo poder, preservó a algunos de la muerte, por lo que hubo veinticuatro de nosotros tomados con vida y llevados cautivos.

Antes de todo aquello yo había dicho muchas veces que si los indios venían, eligiría ser asesinada por ellos antes que ser llevada viva; pero cuando llegó la hora cambié mi pensamiento; sus armas relucientes intimidaron tanto mi espíritu que preferí seguir a aquellas, yo diría, voraces bestias, antes que terminar mis días en aquel momento. Y como lo mejor será que declare lo que me sucedió durante aquel penoso cautiverio, hablaré de las diversas mudanzas que tuvimos de aquí para allá en tierra salvaje.

sábado, 6 de febrero de 2016

DIARIO DE JOHN WINTHROP y el primer caso de brujería en Massachusets


N. del T.: John Winthrop (1588 – 1649) fue un acaudalado hombre de leyes inglés y una de las figuras principales en la fundación de la Massachusets Bay Colony a partir de 1630. Su Diario (The Journal of John Winthrop, publicado por primera vez en 1826) es uno de los testimonios más importantes de aquellas épocas. Winthrop era puritano, lo que se plasma claramente en sus escritos. Sus ideas religiosas acerca de la vida y del trabajo arraigaron de forma notoria en la identidad de lo que en aquel momento era New England. Los EEUU han basado gran parte de su ser nacional en las prácticas y creencias del puritanismo, del cual Winthrop era un baluarte.

He elegido para esta traducción un breve fragmento de su Diario en el que se describen someramente los cargos y las “pruebas” en contra de Margaret Jones, la primera mujer en ser ejecutada en el inicio de una cacería de brujas que se desarrolló en Massachusets entre 1648 y 1663.



4 de Junio, 1648. 
ANTE ESTA CORTE Margaret Jones de Charlestown fue acusada de brujería y colgada por ello. La evidencia en su contra fue: 1, se encontró que poseía un toque maligno, porque muchas personas (hombres, mujeres y niños) a los que ella acariciaba o tocaba, tanto con afecto como con disgusto, sufrían de sordera, vómitos u otros violentos dolores o enfermedades; 2, estando ella practicando medicina, y siendo sus medicinas cosas inocuas tales como (por su propia confesión) anisado, licores, etc., aun así tenían efectos violentos extraordinarios; 3, solía decirles a las personas que no usaban sus medicinas que de esa manera nunca curarían, y de esa forma sus enfermedades y heridas continuaban, con recaídas en contra del curso ordinario y más allá de la comprensión de los doctores y cirujanos; 4, algunas de las cosas que predijo ocurrieron de acuerdo a sus palabras; otras cosas de las que ella podía contar (charlas secretas, por ejemplo), no tenía medios corrientes de haberlas conocido; 5, ella tenía (comprobado en una búsqueda) un pezón visible en sus partes secretas, tan fresco como si hubiera sido recientemente succionado, y luego de haber sido revisada, a la fuerza, aquel pezón se atrofió y otro comenzó a surgir en el lado opuesto 1; 6, en la prisión, a la clara luz del día, fue visto en sus brazos, estando ella sentada en el suelo y con sus ropas encima, un niño pequeño, el cual corrió desde su habitación hacia otra y, al ser perseguido por el guardia, desapareció. El pequeño fue visto en otros dos lugares con los cuales ella guardaba relación; y una joven que lo vio cayó enferma después y fue curada por la tal Margaret, que usó sus medios y recursos a tales efectos. Su comportamiento durante el juicio fue muy destemplado, mintiendo notoriamente y clamando en contra del jurado y de los testigos, y en tal destemplanza murió. El mismo día y a la misma hora en la que fue ejecutada, hubo una gran tempestad en Connecticut, la cual derribó muchos árboles.



 
1 Se pensaba que tales anomalías en el cuerpo servían para amamantar demonios, por lo tanto eran consideradas evidencia de brujería.

sábado, 16 de enero de 2016

NANTUCKET (Moby Dick. Capítulo 14)


N. del T.: Moby Dick, obra cumbre de Herman Melville, fue publicada por primera vez en 1851. Es una de las novelas más famosas de la literatura universal. En ella se narra el viaje del Pequod, un barco ballenero al mando del Capitán Ahab. Éste es un hombre obsesionado por capturar a Moby Dick, la enorme ballena blanca con la que ya se ha cruzado en el pasado. Los primeros capítulos se centran en los prolegómenos del viaje. En el traducido aquí se describe la isla de Nantucket, puerto obligado de partida de los grandes buques balleneros norteamericanos que surcaron las aguas de todos los océanos durante el siglo XIX. El texto completo de la novela puede encontrarse en internet. Hay además una emblemática película (Moby Dick, 1956) dirigida por John Huston, protagonizada por Gregory Peck, con guión de Ray Bradbury. En ella destaca un maravilloso monólogo de Orson Welles como predicador.



NADA más sucedió en el transcurso digno de ser mencionado; por lo que, después de un hermoso viaje, llegamos seguros a Nantucket.
¡Nantucket! Toma tu mapa y mírala1. Observa el verdadero rincón del mundo que ocupa; cómo se yergue allí, lejos de la costa, aun más solitaria que el faro de Eddynstone. Mírala – un simple montículo, un codo de arena; todo playa sin nada detrás. Hay más arena allí que la que usarías en veinte años como sustituto del papel secante. Algunos graciosos te dirán que hasta tienen que plantar malezas allí porque no crecen naturalmente; que importan cardos de Canadá; que tienen que mandar a buscar un espiche a ultramar para detener una pérdida en el tonel de aceite; que las piezas de madera en Nantucket son transportadas como los trozos de la cruz verdadera en Roma; que allí la gente planta hongos venenosos delante de sus casas para refugiarse bajo su sombra en el verano; que una brizna de hierba es un oasis, que tres briznas en una caminata de un día es una pradera; que usan zapatos para arenas movedizas, parecidos a los zapatos de nieve lapones; que son tan cerrados, encerrados de todas las formas, rodeados, y convertidos en una absoluta isla por el océano, que algunas veces hasta se encuentran pequeñas almejas adheridas a sus sillas y sus mesas, como a los lomos de tortugas marinas. Pero estas extravagancias solo muestran que Nantucket no es Illinois.
Observa ahora la maravillosa historia tradicional de cómo esta isla fue poblada por los pieles roja. Así va la leyenda: en tiempos antiguos un águila bajó en picada sobre la costa de Nueva Inglaterra y se llevó un pequeño niño indio en sus garras. Con audibles lamentos los padres vieron llevar a su hijo fuera de su vista sobre las amplias aguas. Decidieron salir en la misma dirección. Partieron en sus canoas y después de un peligroso viaje descubrieron la isla, y allí encontraron un ataúd de marfil vacío – el esqueleto del pobre pequeño indio.
¡No hay maravilla, entonces, en que aquellos habitantes de Nantucket, nacidos sobre una playa, tomaran al mar como sustento! Primero atraparon cangrejos y almejas en la arena; más audaces, se aventuraron al agua con redes para la caballa; más experientes, salieron en botes y capturaron bacalaos; y por último, botando una armada de grandes naves en el mar, exploraron este mundo de agua; pusieron un incesante cinturón de circunnavegaciones alrededor de él; se asomaron al estrecho de Bhering; y en todas las estaciones y océanos declararon la guerra eterna a la más poderosa masa animada que haya sobrevivido al diluvio; ¡la más monstruosa y más gigantesca! ¡Aquel mastodonte himalayo de agua salada, investido con tan ominoso poder inconsciente, que su pánico es más temible que sus intrépidos y maliciosos ataques!
Y de esta manera aquellos desnudos Nantuckenses, aquellos ermitaños marinos, salidos de su hormiguero en el mar, han recorrido y conquistado el mundo acuático como si fueran muchos Alejandros; repartiéndose el Atlántico, el Pacífico y el Índico, como lo hicieron las tres potencias piratas con Polonia. Dejen que América2 añada México a Texas, y apile a Cuba sobre Canadá; dejen que los ingleses dominen toda la India y hondeen su llameante bandera desde el sol; dos tercios de este globo terráqueo son del nantuckense. Porque el mar es suyo; él es su dueño, como los emperadores son dueños de sus imperios; los otros marinos solo tienen el derecho de paso a través de él. Las naves mercantes no son más que puentes extendidos sobre él; las naves armadas son solo fortalezas flotantes; hasta los piratas y los corsarios, a pesar de seguir el mar como los bandoleros siguen el camino, solo saquean otras naves, otros fragmentos de la tierra como ellos mismos, sin pretender sacar su sustento de la misma profundidad sin fondo. El nantuckense: él es el único que reside y se amotina en el mar; él solo, en el lenguaje de la Biblia, es el que desciende hacia él en naves; arándolo en todas direcciones como su propia plantación especial. Allí está su hogar; allí está su negocio, y ni siquiera el diluvio de Noé lo interrumpiría aunque arrollara a los millones de China. Él vive en el mar como los gallos silvestres viven en las praderas; él se esconde entre las olas, las trepa como los cazadores de gamuzas trepan los Alpes. Por años no sabe de la tierra; por eso cuando al final llega a ella, le huele a otro mundo, de forma más extraña que la luna a un hombre de la tierra. Con la gaviota sin tierra, que al anochecer pliega sus alas y se duerme mecida por las olas; de la misma manera el nantuckense, al anochecer, sin tierra a la vista, pliega sus velas y se recuesta a descansar, mientras que debajo de su almohada se precipitan manadas de morsas y ballenas.




1 El narrador intradiegético se dirige directamente a un narratario heterodiegético que es el mismo lector, en un juego bastante común en la narrativa del siglo XIX. En este caso he optado por el uso del castellano neutro y de la segunda persona del singular, aunque bien puede tomarse como válida (y hay traducciones que lo hacen) la segunda persona del plural (vosotros, ustedes).
2 “América” en este caso debe tomarse como los EEUU.


martes, 29 de diciembre de 2015

HISTORIA GENERAL DE VIRGINIA - Libro Tercero - Capítulo I

AUTOR: Capitán John Smith
TRADUCTOR: Pedro Peña


N. del T.: el Capitán John Smith (Lincolnshire, 1580 – Londres, 1631) es una de las figuras principales de la colonización inglesa en Norteamérica. Su vida estuvo plagada de sucesos heroicos, capturas, escapes, motines y batallas. Entre 1606 y 1609 participó del intento de colonización realizado en Virginia. Aparentemente al principio de la expedición Smith habría causado problemas entre los demás integrantes de la compañía, lo que casi termina con su vida. El capítulo de su Historia General de Virginia que traduzco aquí tiene algunas particularidades: Smith cuenta su historia casi siempre en tercera persona del singular, aunque en ocasiones cambia a la primera persona tanto del singular como del plural. Los tiempos verbales también presentan sus vaivenes: a un párrafo en pretérito bien puede seguir otro en presente sin que medie al respecto un cambio significativo en el presente del acto de enunciación. Por otra parte, la escritura de Smith es deudora del barroco: sus enunciados son extensos y en ellos abundan las yuxtaposiciones, coordinaciones y subordinaciones, lo que puede redundar en una prosa recargada y de períodos extensos. También se han dado a lo largo de los siglos diversos debates sobre la veracidad de sus escritos, pues al parecer Smith era bastante fanfarrón y se preocupaba siempre de quedar bien parado, como el lector podrá comprobar después de leer este capítulo. Como detalle curioso, Smith es aquel héroe inglés salvado por la princesa Pocahontas en la película animada homónima.


   Bien podría pensarse que un país tan atractivo (como lo es Virginia) y un pueblo tan tratable [como lo son los indios] no deberían haber tardado tanto en ser dominados pacíficamente, a satisfacción de los que aventuraron su dinero a tales efectos y para la eternización de aquellos que lo realizaron. Pero como todo el mundo ve en esto una falla, este tratado dará satisfacción a todos los lectores imparciales mostrando cómo han sido llevados los asuntos, y sin dudas con él entenderán y responderán la pregunta de cómo fue que llegó a suceder que no hubo una mayor diligencia y suceso en aquellos eventos.
   El Capitán Bartholomew Gosnold, uno de los primeros proponentes de esta colonia, habiendo durante muchos años solicitado asistencia a muchos de sus amigos, y habiendo encontrado poca ayuda, al final prevaleció junto a algunos caballeros tales como el Capitán John Smith, el Maestre Edward Maria Wingfield, el Capellán Robert Hunt y varios otros, quienes esperaron por su proyecto durante un año; pero nada pudo realizarse hasta que su gran sacrificio e industria vinieron a ser conocidos por algunos miembros de la nobleza, la burguesía y mercaderes, de manera que Su Majestad, a través de su carta patente, dio órdenes de establecer consejo para dirigir desde aquí [Londres], y ejecutar allá [Virginia]. Para llevar a cabo esto se tomó otro año y para ese entonces se destinaron tres naves, una de 100 toneladas, otra de 40, y una pinaza de 20. El traslado de la compañía fue encomendado al Capitán Christopher Newport, un marinero bien preparado para navegar en la parte occidental de América. Pero sus órdenes para gobernar fueron puestas en una caja para que no fueran abiertas ni conocidas por los gobernadores hasta que llegaran a Virginia.
   El 19 de diciembre de 1606 zarpamos desde Blackwell, pero a causa de escasos vientos nos mantuvimos seis semanas avistando Inglaterra, tiempo durante el cual el Capellán Hunt, nuestro Predicador, estuvo tan débil y enfermo que pocos esperaban su recuperación. Aun así, a pesar de que estaba a no más de veinte millas de su hogar (el tiempo que estuvimos en el canal) y sin reparar en el tiempo tormentoso ni en las escandalosas imputaciones (de unos pocos, algo mejores que ateos, del mayor rango entre nosotros) sugeridas en su contra, todo lo que nunca pudo forzar en él más que un aparente deseo de dejar el asunto, prefirió el servicio de Dios en tan buena travesía, anteponiendo el afecto para impugnar a sus enemigos ateos cuyos desastrosos designios (que podrían haber prevalecido) habían ya entonces depuesto el asunto; tantos descontentos surgieron entonces, pero el agua paciente de sus devotas oraciones aplacó aquellas llamas de envidia y discordia.
   Cargamos agua en las Canarias; comerciamos con los salvajes en Dominica; tres semanas pasamos recuperándonos entre aquellas islas de las Indias Occidentales; en Guadalupe encontramos un lugar de baños tan caliente que en él podría hervirse el puerco tan bien como sobre el fuego. Y en una pequeña isla llamada Monito, capturamos de los arbustos, con nuestras propias manos, casi dos toneles llenos de pájaros en tres o cuatro horas. En Nevis, Mona y en las Islas Vírgenes pasamos algún tiempo en el cual, con una repugnante bestia parecida a un cocodrilo, llamada iguana, tortugas, pelícanos, loros y peces, todos los días nos hacíamos festines.
   Salidos de allí en busca de Virginia, la compañía se mostró algo molesta viendo que los marineros habían sobrepasado en tres días el tiempo estimado de viaje sin encontrar tierra, de manera que el Capitán Ratcliffe (Capitán de la pinaza) deseaba más bien voltear el timón para regresar a Inglaterra que realizar una búsqueda más lejana. Pero Dios, el guía de todas las buenas acciones, forzándolos con una gran tormenta a ir a la deriva y con las velas plegadas durante toda la noche, los condujo mediante Su Providencia al puerto deseado, más allá de todas las expectativas, ya que nunca ninguno de ellos había visto la costa.
   Al primer punto de tierra que divisaron lo llamaron Cabo Henry, donde treinta de ellos, mientras holgaban y se recreaban en la costa, fueron atacados por cinco salvajes que hirieron muy peligrosamente a dos de los ingleses. Esa noche fue abierta la caja y leídas las órdenes enviadas por el Consejo de Londres, en las cuales Bartholomew Gosnold, John Smith, Edward Wingfield, Christopher Newport, John Ratcliffe, John Martin y George Kendall fueron nombrados para integrar el Consejo y para elegir un Presidente entre ellos, por un año, con quien el Consejo debería gobernar. Los asuntos de importancia serían examinados por un jurado pero determinados por la mayoría del Consejo, en el que el Presidente tendría dos votos. Hasta el 13 de mayo buscaron un lugar en el que sembrar; entonces el Consejo tomó juramento; el Capitán Wingfield fue elegido Presidente y se explicó por escrito por qué el Capitán Smith no fue admitido en el Consejo.
   De inmediato todos se pusieron a trabajar, el Consejo planea la construcción de un fuerte, el resto corta árboles para hacer lugar para las tiendas, algunos proveen los tablones para reparar las embarcaciones, algunos hacen huertos, algunos trampas, etc. Los salvajes a menudo nos visitaban amablemente. El altivo celo del Presidente no admitía ningún tipo de ejercicios de armas o fortificaciones, salvo algunos troncos dispuestos en la forma de una media luna por los extraordinarios esfuerzos y diligencia del Capitán Kendall.
   Newport, Smith y veinte hombres más fueron enviados a descubrir la naciente del río [James River]. Por diversos y estrechos lugares pasaron; en seis días llegaron a un poblado llamado Powhatan, consistente en una docena de refugios agradablemente ubicados sobre una colina, ante la cual se extendían tres islas fértiles, y alrededor de ella muchas plantaciones de maíz; el lugar es muy agradable y fuerte por naturaleza; el Príncipe de este lugar es llamado Powhatan y su pueblo los Powhatans. Hasta este lugar el río es navegable, pero una milla más arriba, a causa de las rocas y las islas, no hay espacio ni para un pequeño bote; a este lugar lo llaman las Cataratas. La gente de todas partes los trató amablemente, hasta que habiendo retornado a una distancia de veinte millas de Jamestown, los indios les dieron justa causa de desconfianza, pero Dios no había bendecido a los descubridores de una manera distinta a la de aquellos que habían quedado en el fuerte, donde la colonia había llegado a su fin, y allí en el fuerte, al que arribaron al día siguiente, encontraron diecisiete hombres heridos y un muchacho asesinado por los salvajes, y de no haber sido porque el disparo de una de las naves derribó un tronco de un árbol justo entre ellos, lo que causó su retirada, todos nuestros hombres habrían sido asesinados, estando seguramente todos trabajando y sus armas en las cubas.
   De aquí en más el Presidente estuvo conforme en que el fuerte sería protegido por una empalizada, el cañón montado, sus hombres armados y ejercitados, porque habían sido muchos los ataques y emboscadas de los salvajes, y nuestros hombres, por su desorden, eran heridos a menudo, mientras los salvajes, por la destreza de sus talones, bien que escapaban.
   El duro trabajo que tuvimos, con tan poca fuerza, para cuidar a nuestros trabajadores de día, vigilar durante la noche, resistir a nuestros enemigos, y realizar los trabajos que permitieran reparar las naves, derribar árboles y preparar el suelo para plantar nuestro maíz, etc., lo dejo a la consideración de los lectores. Habiendo empleado seis semanas de esta manera, el Capitán Newport, quien había sido contratado solo para nuestro transporte, iba a regresar con las naves. Ahora, el Capitán Smith... todo este tiempo desde la partida de las Canarias, fue retenido como prisionero bajo la escandalosa implicancia de algunos de los jefes, quienes, envidiando su reputación, simularon que él intentaba usurpar el gobierno, asesinar al Consejo y nombrarse él mismo rey, que sus cómplices estaban dispersos en la tres naves y que varios de sus cómplices que revelaron el asunto lo confirmarían; y por esto fue remitido como prisionero.
   Trece semanas permaneció de esa forma como sospechoso, y para cuando las naves debían retornar, ellos [las autoridades de Jamestown] pretendieron como acto de compasión enviarlo al Consejo en Inglaterra para que recibiera castigo, en vez de, revelando sus motivos, de ese modo hacerlo odioso al mundo como para disponer de su vida o derribar completamente su reputación. Pero él desdeñó tanto de su caridad y publicamente desafió con máximo esfuerzo su crueldad, que sabiamente evitó sus maniobras a pesar de que no pudo evitar su envidia; y tanto fue lo que él se menospreció a sí mismo en este asunto que toda la tripulación pudo ver su inocencia y la malicia de sus adversarios; y aquellos sobornados para acusarlo, acusaron a sus acusadores de soborno; muchas falsedades fueron alegadas en su contra, pero siendo tan bien refutadas, se engendró un odio general en los corazones de los hombres de la compañía hacia los injustos comandantes, y por eso se decretó que el Presidente le diera 200 Libras, de manera que todo lo que él [Presidente Wingfield] tenía fue tomado como parte de la reparación, lo cual Smith de inmediato devolvió al almacén comunal para uso general de la colonia.
   Muchas fueron las jugarretas que diariamente surgieron de sus ignorantes y aun ambiciosos espíritus, pero la buena doctrina y las exhortaciones de nuestro pedicador, el Capellán Hunt, los reconciliaron y provocaron que el Capitán Smith fuera admitido de nuevo en el Consejo. Al día siguiente todos recibieron la Comunión; al otro día, los salvajes voluntariamente desearon la paz, y el Capitán Newport regresó a Inglaterra con noticias, dejando cien hombres en Virginia, el 15 de junio de 1607.
   Como esto observa:

Los buenos hombres nunca traen la ruina de sus pueblos.
Pero cuando los hombres malvados comienzan con injurias,
Sin cuidar de corromper o violar
A los jueces por su propio lucro,
Entonces aquel país no podrá tener paz duradera
Aunque en el presente tenga descanso y alivio. 1



1Cita de las Máximas del poeta griego Theognis de Megara.

lunes, 21 de diciembre de 2015

UN AHORCAMIENTO - George Orwell (Revista Adelphi, 1931. Trad. Pedro Peña)

Sucedió en Birmania, una húmeda mañana en la estación de las lluvias. Una luz enfermiza, como de un papel de aluminio amarillo, se proyectaba en ángulo sobre los altos muros del patio de la cárcel. Nosotros esperábamos fuera de las celdas de los condenados, una hilera de cobertizos con barrotes dobles, como jaulas de animales pequeños. Cada celda medía alrededor de diez por diez pies y estaba bastante vacía a excepción de un tablón que oficiaba de cama y una jarra para tomar agua. En las celdas unos hombres morenos, silenciosos, se agachaban sobre los barrotes interiores, envueltos en sus frazadas. Estos eran los hombres condenados que debían ser ahorcados dentro de la próxima semana o la siguiente.
  Un prisionero había sido retirado de su celda. Era un hindú, el débil residuo de un hombre, con la cabeza afeitada y los ojos vagos, líquidos. Tenía un grueso, incipiente bigote, absurdamente grande para su cuerpo, como el bigote de un actor cómico en una película. Seis guardias indios, altos, lo vigilaban y lo preparaban para la horca. Dos de ellos permanecían a su lado sosteniendo sus rifles con las bayonetas colocadas, mientras que los otros lo esposaban, colocaban una cadena entre las esposas y la fijaban a sus cinturones y aseguraban firmes sus brazos a los costados. Se agrupaban muy cerca del prisionero, con sus manos siempre sobre él en una cuidadosa, gentil forma de sostenerlo. Parecían hombres manipulando un pez todavía vivo que pudiera saltar de nuevo al agua. Pero él permanecía casi sin resistencia, con sus brazos rendidos limpiamente a las sogas, como si apenas se diera cuenta de lo que estaba sucediendo. Se hicieron las ocho en punto y un llamado de clarín, desoladamente fino en el aire húmedo, flotó desde las barracas lejanas.
  El superintendente de la cárcel, que permanecía parado aparte de nosotros, escarbando malhumoradamente la gravilla con su bastón, alzo la cabeza al escucharlo. Era un doctor de la armada, con un bigote gris como un cepillo de dientes y una voz seca.
  “Por amor de Dios apúrate, Francis”, dijo irritado. “Este hombre ya debía estar muerto a esta hora. ¿No están listos todavía?”
  Francis, el jefe carcelero, un dravidiano gordo con traje de dril y lentes de oro, sacudió su negra mano. “Sí señor, sí señor”, dijo entusiasta. “Todo está preparado satisfactoriamente. El verdugo espera. Podemos proceder.”
 “Bien, marcha rápida entonces. Los prisioneros no pueden tomar su desayuno hasta que el trabajo sea hecho.”
  Salimos hacia la horca. Dos guardias marchaban a cada lado del prisionero, con sus rifles inclinados; otros dos marchaban muy cerca de él, aferrándolo de los brazos y los hombros, como si a la vez que lo empujaran lo sostuviesen. Magistrados y afines, y el resto de nosotros, seguíamos detrás. De repente, cuando habíamos andado unas diez yardas, la procesión se detuvo sin ninguna orden ni advertencia. Algo malo había sucedido –un perro, venido de Dios sabe dónde, había aparecido en el patio. Con una sonora ráfaga de ladridos llegó hasta nosotros y saltó alrededor sacudiendo todo su cuerpo, con un regocijo salvaje al encontrar tantos seres humanos juntos. Era un perro lanudo enorme, mitad airedale, mitad paria. Durante un momento se paseó delante de nosotros y entonces, sin que nadie pudiera evitarlo, corrió hacia el prisionero y, saltando, trató de lamer su rostro. Todos permanecimos horrorizados, demasiado sorprendidos incluso para intentar agarrar el perro.
  “¿Quién dejó entrar aquí a esa maldita bestia?” dijo enojado el superintendente. “¡Que alguien lo sujete!”
  Un guardia que se separó de la escolta, cargó torpemente contra el perro, pero éste bailoteó y saltó fuera de su alcance, tomando todo como parte de un juego. Un joven carcelero eurasiático recogió un puñado de gravilla y trató de alejar al perro a pedradas, pero el animal esquivó las piedras y nos siguió de nuevo. Sus ladridos hacían eco en las paredes de la prisión. El prisionero, sostenido por los guardias, miraba todo distraídamente, como si aquello se tratara de otra formalidad del ahorcamiento.
  Pasaron varios minutos hasta que alguien se las arregló para capturar al perro. Entonces atamos mi pañuelo a su collar y nos pusimos en movimiento una vez más, con el perro todavía gimoteando. Restaban unas cuarenta yardas hasta la horca. Yo observaba la espalda desnuda y marrón del prisionero marchando en frente de mí. Él caminaba torpemente con sus brazos atados, pero aún así estable, con ese paso mecido de los indios que nunca enderezan del todo sus rodillas. A cada paso sus músculos encajaban adecuadamente en su lugar, el mechón de pelo sobre su cabeza bailoteaba de arriba abajo, sus pies quedaban impresos en la gravilla húmeda. Y una vez, a pesar de los guardias que lo sujetaban por los hombros, dio un paso levemente hacia el costado para evitar un charco en el camino.
  Es curioso, pero hasta ese momento nunca me había dado cuenta de lo que significa destruir a un hombre saludable y consciente. Cuando vi al prisionero dar un paso al costado para evitar el charco, vi el misterio, la horripilante equivocación de cortar una vida cuando está en su plenitud. Este hombre no estaba muriendo. Estaba tan vivo como estamos cualquiera de nosotros. Todos los órganos de su cuerpo estaban trabajando –sus intestinos digiriendo alimento, la piel renovándose a sí misma, las uñas creciendo, los tejidos formándose- todo esto desperdiciándose en una solemne tontería. Sus uñas crecerían todavía cuando se parara encima de la trampilla, cuando estuviera cayendo en el aire con una décima de segundo todavía por vivir. Sus ojos todavía veían la gravilla amarillenta y las paredes grises, y su cerebro todavía recordaba, preveía, razonaba –incluso sobre los charcos. Él y nosotros éramos un grupo de hombres caminando juntos, viendo, escuchando, sintiendo, entendiendo el mismo mundo; y en dos minutos, con un breve golpe, uno de nosotros se habría ido –una mente menos, un mundo menos.
  La horca se erguía en un pequeño patio, separada de los lugares centrales de la prisión, rodeada de mala hierba. Era una construcción de ladrillo similar a un cobertizo de tres paredes, con una planchada encima, y arriba de eso dos vigas y una barra con la soga colgando. El verdugo, un convicto de pelo gris vestido con el uniforme blanco de la prisión, esperaba al lado de su máquina. Nos saludó con una servil inclinación cuando ingresamos.
  A una palabra de Francis los dos guardias, aferrando al prisionero más firme que nunca, mitad lo condujeron, mitad lo empujaron a la horca y lo ayudaron torpemente a subir la escalera. Entonces subió el verdugo y fijó la soga alrededor del cuello del prisionero. Nos quedamos esperando a cinco yardas. Los guardias se habían formado en algo similar a un círculo alrededor de la horca. Y entonces, cuando el lazo estuvo colocado, el prisionero comenzó a pedir a gritos por su dios. Era un grito alto y reiterado de “¡Ram! ¡Ram! ¡Ram! ¡Ram!”, no urgente ni temeroso como una plegaria o un grito de ayuda, pero sí continuo, rítmico, casi como el tañido de una campana.
  El perro respondió al sonido con un gimoteo. El verdugo, todavía parado en la horca, sacó una pequeña bolsa de algodón y la colocó sobre la cabeza del prisionero. Pero el sonido, ahogado por la prenda, todavía persistió, una y otra vez: “Ram! ¡Ram! ¡Ram! ¡Ram! ¡Ram!”
  El verdugo bajó y quedó listo, aferrando la palanca. Pareció que pasaran algunos minutos. El grito continuo, amortiguado del prisionero, seguía y seguía, “¡Ram! ¡Ram! ¡Ram!” sin decaer un instante. El superintendente, cabeza pegada al pecho, escarbaba lentamente el suelo con su bastón. Tal vez estuviera contando los gritos, permitiéndole al prisionero un número tal –cincuenta, quizás, o cien.
  Todo el mundo había mudado de color. Los indios se habían puesto grises como café malo, y una o dos de las bayonetas temblaban. Mirábamos al hombre amarrado y encapuchado frente a la caída y escuchábamos sus gritos –cada grito, otro segundo de vida; el mismo pensamiento en todas nuestras cabezas: ¡oh, mátenlo rápido, salgamos de esto, paren este abominable ruido!
  De improviso el superintendente se decidió. Alzando la cabeza hizo un suave movimiento con su bastón.
  “¡Chalo!” gritó casi ferozmente.
  Hubo un ruido metálico y entonces un silencio de muerte.
  El prisionero había desaparecido y la soga giraba sobre sí misma. Dejé libre al perro que de inmediato se apresuró a la parte trasera de la horca; pero cuando llegó allí se detuvo en seco, ladró y entonces se retiró a una esquina del patio, donde permaneció entre la hierba, mirando temerosamente hacia nosotros.
  Rodeamos la horca para inspeccionar el cuerpo del prisionero. Se balanceaba con los dedos de los pies apuntando directamente hacia abajo, dando vueltas lentamente, tan muerto como una piedra. El superintendente extendió el brazo con el bastón y empujó el desnudo cuerpo moreno; éste osciló ligeramente.
  “Él está bien”, dijo. Salió de espaldas de debajo de la horca y lanzó un respiro profundo. Muy de improviso el malhumor se había salido de su rostro. Lanzó una mirada a su reloj pulsera.
  “Ocho pasadas las ocho. Bien, es todo por la mañana. Gracias a Dios.”
  Los guardias retiraron las bayonetas y, marchando, se retiraron. El perro, sobrio y consciente de haberse comportado de mala manera, se deslizó detrás de ellos. Salimos del patio de la horca, pasamos las celdas de los condenados con sus prisioneros en espera hacia el patio central de la prisión. Los convictos, bajo el mando de guardias armados de cachiporras, ya estaban recibiendo sus desayunos. Se agachaban en largas hileras, cada hombre sosteniendo una taza de lata mientras dos guardias con baldes marchaban alrededor de ellos sirviéndoles arroz; parecía una escena muy hogareña, alegre, después del ahorcamiento. Un enorme alivio nos había ganado ahora que el trabajo estaba hecho. Uno podía sentir el impulso de cantar, de salir corriendo de repente, de reírse en vos baja. A un tiempo todos comenzamos a parlotear felices, divertidos. El chico eurasiático que caminaba a mi lado señaló el lugar por el que había venido, con una sonrisa cómplice: “Sabe usted, señor, nuestro amigo (quería decir el muerto), cuando oyó que su apelación había sido rechazada, se orinó en el piso de su celda. De miedo. Por favor tome uno de mis cigarrillos, señor. ¿Acaso no admira usted mi nueva cajilla de plata, señor? Estilo clásico europeo.”
  Varios rieron –de qué, no se supo con certeza. Francis caminaba al lado del superintendente, hablando de forma animada: “Bien, señor, todo ha pasado de la mejor manera posible. Todo fue terminado así, rápido. No es siempre así… ¡oh no! He conocido casos en los que el doctor se ha visto obligado a ir detrás de la horca y tirar de las piernas del prisionero para asegurar el fallecimiento. ¡De lo más desagradable!”
  “¿Escabulléndose, eh? Eso es malo,” dijo el superintendente.
  “Agh…, señor, ¡es peor cuando se ponen rebeldes! Un hombre, recuerdo, se pegó a los barrotes de su celda cuando fuimos a buscarlo. Usted apenas creerá, señor, que fueron necesarios seis guardias para moverlo de su sitio, tres en cada pierna. Tratamos de razonar con él. ‘Mi estimado amigo’, le dijimos, ‘¡piense en todo el dolor y el problema que nos está causando!’ Pero no, no escuchaba. Agh, ¡fue muy problemático!”
  Me encontré riéndome animadamente. Todos estábamos riendo. Incluso el superintendente sonreía abiertamente, tolerante. “Ustedes mejor deberían salir a tomarse un trago,” dijo de muy buena manera. “Tengo una botella de whisky en el auto. Podríamos arreglarnos con ella.”
  Traspasamos la doble puerta de salida de la prisión hacia la calle. “¡Tirar de las piernas!” exclamó de repente un magistrado birmano, e irrumpió en una risa sonora. Todos comenzamos a reír de nuevo. En ese momento la anécdota de Francis resultaba extraordinariamente divertida.
  Tomamos tragos juntos, tanto los nativos como los europeos, muy amigablemente.
  El hombre muerto estaba a cien yardas de nosotros.