jueves, 2 de febrero de 2017

APUNTES SOBRE LA CONVIVENCIA DE LAS DISTINTAS RELIGIONES EN AMÉRICA DEL NORTE


AUTOR: Michel-Guillaume-Jean de Crèvecoeur (también conocido como J. Hector St. John de Crèvecoeur)

TRADUCTOR: Pedro Peña


N. del T.: en textos anteriores de Crèvecoeur (1735-1813) hemos visto su admiración por el nuevo continente y sus habitantes, así como su rechazo a la práctica de la esclavitud en las colonias inglesas de lo que luego serían los EEUU. En esta ocasión, el texto traducido tiene que ver con la posibilidad de convivencia de distintos credos religiosos, que el autor anunciaba como posible en el nuevo continente. Un texto para ser leído en la actual coyuntura y, tal vez, esbozar una sonrisa. Una sonrisa irónica. Tal vez trágica.



Así como me he esforzado para mostrarles cómo los Europeos1 se vuelven Americanos, no sería inadecuado que les mostrara igualmente cómo las varias sectas cristianas introducidas se desgastan, y cómo la indiferencia religiosa se vuelve prevalente. Cuando un número considerable de integrantes de una secta particular vive junto a otros, inmediatamente erigen un templo y allí adoran a la Divinidad de acuerdo a sus propias y peculiares ideas. Nadie los molesta. Si alguna nueva secta surge en Europa, podría suceder que muchos de sus profesores vinieran y se establecieran en América. Como traen su fervor con ellos, están en libertad de conseguir prosélitos, si pueden, y de fundar una congregación, y seguir los dictados de sus conciencias, porque ni el gobierno ni ningún otro poder interfiere. Si son sujetos pacíficos e industriosos, ¿qué puede importarles a sus vecinos cómo y de qué manera piensan dirigir sus plegarias hacia el Ser Supremo? Pero si los miembros de la secta no se establecen juntos ni cerca, si están mezclados con otras denominaciones, su fervor se enfriará y se extinguirá en poco tiempo. Entonces los Americanos se vuelven, para la religión, lo que ya son para el país: afines a todos. El nombre de Inglés, Francés o Europeo, en ellos, está perdido; y de igual manera, los estrictos modos de la Cristianidad tal como se practica en Europa, también están perdidos. Este efecto se extenderá aun más desde ahora en adelante, y aunque pueda parecerles una idea extraña, aun así es muy verdadera. Quizás pueda en lo próximo explicarme mejor; mientras tanto, dejemos que el siguiente ejemplo sirva como mi primera justificación.

Supongamos que usted y yo estamos viajando; observamos que en esta casa, a la derecha, vive un Católico que reza a Dios como le ha sido enseñado y cree en la transustanciación; trabaja y cultiva el trigo, tiene una extensa familia de niños, todos sanos y robustos; su creencia, sus oraciones, no ofenden a nadie. A tal vez una milla de distancia, por el mismo camino, su vecino más próximo podría ser un honesto y esforzado Alemán Luterano que se dirige hacia el mismo Dios, el Dios de todos, de acuerdo a los modos en los que ha sido educado, y cree en la consustanciación, y haciendo esto no escandaliza a nadie; también trabaja en sus campos, embellece la tierra, limpia las ciénagas, etc. ¿Qué tiene que ver el mundo con sus principios Luteranos? Él no persigue a nadie, y nadie lo persigue. Visita a sus vecinos, y sus vecinos lo visitan. Cerca de él vive un secesionista, el más entusiasta de todos. Su fervor es ardiente e intenso, pero como está separado de otros de su misma naturaleza, no tiene una congregación propia a la que remitirse y en la que podría complotar y mezclar el fervor y el orgullo religioso con la obstinación mundana. Él, en cambio, consigue buenas cosechas, su casa está pintada bellamente, su huerto de frutales es uno de los más hermosos del vecindario. ¿Cómo es que conciernen al bien del país o de la provincia, los sentimientos religiosos de este hombre, si es que realmente tiene algunos? Es un buen granjero, sobrio, pacífico, un buen ciudadano. El mismo William Penn2 no desearía más que esto. Este es su carácter visible; lo invisible sólo puede adivinarse y no es del interés de nadie... Cada una de estas personas instruye a sus hijos tan bien como puede, pero esta instrucción es débil comparada a aquella que se les da a los jóvenes de las clases más pobres en Europa. Sus hijos, entonces, crecerán menos fervorosos y más indiferentes en materia de religión que sus padres. La tonta vanidad, e incluso la virulencia por hacer prosélitos, es desconocida aquí; no tienen tiempo para ella porque las estaciones reclaman toda su atención, y de esa manera, en unos pocos años, este vecindario variado exhibirá una extraña mezcla religiosa que no será puramente ni Catolicismo ni Calvinismo. De esta manera todas las creencias estarán mezcladas, al igual que todas las naciones; y así la indiferencia religiosa es imperceptiblemente diseminada desde un extremo del continente al otro, siendo al presente una de las características más fuertes de los Americanos. Nadie puede predecir
adónde conducirá esto. Tal vez quede un vacío que permita recibir otros sistemas. La persecución, el orgullo religioso, el amor por la contradicción, son el alimento de lo que el mundo comúnmente llama religión. Estos móviles han cesado aquí. El fervor en Europa está confinado. Aquí se evapora en la gran distancia que tiene que viajar. Allí es un grano de pólvora encerrado3; aquí se quema en el aire abierto y se consume sin efecto.


1Se respeta el uso de mayúsculas de acuerdo al texto original.
2Cuáquero inglés fundador de Pennsylvania.

3Listo para encender y disparar.

lunes, 16 de enero de 2017

NOTAS SOBRE EL ESTADO DE VIRGINIA (fragmento)



Jefferson
AUTOR: Thomas Jefferson
TRADUCTOR: Pedro Peña


Nota del traductor: Thomas Jefferson (1743-1826) es otro de los padres fundadores de los EEUU. Fue un hombre de saber enciclopédico, artista, científico, inventor y escritor. También fue político ostentando los cargos de Gobernador de Virginia, Secretario de Estado, Vice Presidente y, finalmente, Presidente de su país. En el siguiente texto, extraído del clásico Notes on the State of Virginia (primera versión de 1781), fustiga las singulares y algo disparatadas ideas del Conde de Buffon acerca de los nativos americanos. Se ha respetado la puntuación original del autor, así como el uso de mayúsculas en algunos términos que usualmente no la admitirían.

   La opinión presentada por el Conde de Buffon 1es: 1. Que los animales comunes al viejo y al nuevo mundo son más pequeños en este último. 2. Que aquellos peculiares al nuevo, son en escala más pequeños. 3. Que aquellos que han sido domesticados en ambos, se han degenerado en América: y 4. Que, en total, el nuevo mundo exhibe menos especies.
Conde de Buffon
   Hasta ahora he considerado estas hipótesis como aplicadas a los animales brutos solamente, y no en su extensión al hombre de América, sea éste aborigen o inmigrante. Es la opinión del Monseñor de Buffon que los anteriores no son una excepción a ello: “Aunque el salvaje del nuevo mundo es más o menos de la misma altura que el hombre en nuestro mundo, esto no le alcanza para constituir una excepción al hecho general de que toda la naturaleza viviente se ha hecho más pequeña en aquel continente. El salvaje es débil y tiene órganos de generación pequeños; no tiene pelo ni barba, ni ardor por su hembra; aunque es más rápido que el Europeo, porque está mejor acostumbrado a correr, es, por otro lado, menos fuerte en su cuerpo, y también es menos sensible, y aun más tímido y cobarde; no tiene vivacidad ni actividad mental; la actividad de su cuerpo es menos un ejercicio, un movimiento voluntario, que una acción necesaria causada por la carencia; alívienlo del hambre y de la sed, y lo privarán del principio activo de todos sus movimientos; descansará estúpidamente sobre sus piernas o yaciendo días enteros. No hay necesidad de buscar más allá la causa del modo de vida apartado de estos salvajes, y de su repugnancia por la sociedad; la más preciosa chispa del fuego de la naturaleza les ha sido negada; carecen de pasión por sus hembras, y consecuentemente no tienen amor por sus coterráneos; desconociendo éste, el más fuerte y el más tierno de los afectos, sus otros sentimientos son también fríos y lánguidos; aman a sus padres y a sus hijos, pero poco; la más íntima de todas las ataduras, el vínculo familiar, los sujeta, por esa misma razón, de forma leve; entre familia y familia no hay atadura alguna; por eso no tienen un territorio común, ni riquezas comunes, ni estatus de sociedad. El amor físico constituye su única moralidad; sus corazones son gélidos, sus sociedades frías, y sus reglas severas. Miran a sus mujeres solo como sirvientas para todo trabajo, o como bestias de carga a las que cargan sin consideración con el peso de sus cacerías, y a las que compelen sin misericordia, sin gratitud, a practicar tareas que están a menudo más allá de sus fuerzas. Tienen pocos niños, y los cuidan muy poco. Por todos lados aparece el defecto original: son indiferentes porque tienen poca capacidad sexual, y esta indiferencia hacia el otro sexo es el defecto fundamental que debilita su naturaleza, previene su desarrollo y, destruyendo los mismos gérmenes de la vida, al mismo tiempo desarraiga la sociedad. El hombre aquí no es una excepción a la regla general. La Naturaleza, negándole el poder del amor, lo ha tratado peor y lo ha descendido aun más profundo que a cualquier animal.”
Libro
  Una imagen atribulada por cierto, la cual, por el honor de la naturaleza humana, estoy complacido de creer que no es original. De los Indios de Sudamérica no sé nada; porque no honraría con el estatus de conocimiento todo aquello que se deriva de las fábulas publicadas sobre ellos, las que creo deben ser tan verdaderas como las fábulas de Esopo. Lo que yo creo está fundado en lo que he visto del hombre, blanco, rojo y negro, y de lo que ha sido escrito sobre él por autores, ilustrados ellos mismos, y escribiendo entre gente ilustrada. Del Indio de Norteamérica, estando más cerca de nuestro alcance, puedo hablar desde mi propio conocimiento y aun más desde la información de otros más familiarizados con él y en cuya verdad y juicio puedo confiar2. De estas fuentes puedo decir, en contradicción con la representación anterior, que no es ni defectuoso en ardor, ni más impotente con sus hembras que el hombre blanco reducido a la misma dieta y ejercicio; que es valiente cuando una empresa depende de la valentía; su educación les dicta que el honor consiste en la destrucción de un enemigo por la estratagema, y en la preservación de su propia persona libre de injuria; o tal vez esto sea lo natural; mientras que es la educación la que nos ha enseñado a nosotros a honrar más la fuerza que la finura; que se defenderá a sí mismo contra una multitud de enemigos, siempre eligiendo la muerte en vez de rendirse, aunque fuera a los blancos, de los que sabe que recibirá un buen trato; bien que en otras situaciones también se encuentra con la muerte de forma más deliberada, y soporta la tortura con una firmeza desconocida entre nosotros, casi con entusiasmo religioso; qué es afectuoso con sus hijos, cuidadoso con ellos e indulgente en extremo; que sus afectos comprenden sus otros vínculos, debilitándose como entre nosotros, de círculo a círculo a medida que se alejan del centro; que sus amistades son fuertes y fieles al máximo extremo; que su sensibilidad es pura, y aun hasta los guerreros lloran amargamente la pérdida de sus hijos, a pesar de que en general se esfuercen por parecer superiores a los eventos humanos; que su vivacidad y actividad mental es igual a la nuestra en la misma situación, de ahí su entusiasmo por la caza y por los juegos de azar. Las mujeres son obligadas a un trabajo injusto y fastidioso. Y esto, según creo, es lo que sucede con todos los pueblos bárbaros, entre los cuales la fuerza es la ley. El sexo más fuerte se impone sobre el más débil. Es solo la civilización la que ubica a las mujeres en el gozo de su natural igualdad. Aquella nos enseña primero a sublimar las pasiones egoístas y a respetar en otros aquellos derechos que valoramos para nosotros mismos. Si viviéramos en un barbarismo similar, nuestras mujeres serían expuestas al mismo trabajo fastidioso.
   El hombre entre ellos es menos fuerte que entre nosotros, pero sus mujeres son más fuertes que las nuestras. Y ambos por la misma obvia razón: porque nuestros hombres y sus mujeres están habituados a la labor y formados por ella. Entre las dos razas, el sexo beneficiado es menos atlético. Un hombre indio tiene mano y muñeca más pequeñas por la misma razón por la cual un marinero tiene brazos y hombros más grandes y fuertes, al igual que un acarreador tiene sus piernas y muslos. Crían menos niños que nosotros. Las causas de esto hay que buscarlas no en las diferencias de la naturaleza, sino en las circunstancias. Las mujeres muy frecuentemente ayudan a los hombres en sus partidas de guerra y de caza. La crianza de niños se vuelve extremadamente inconveniente para ellas. Se ha dicho, por lo tanto, que han aprendido la práctica de procurarse el aborto por el uso de algunas plantas, y que esto incluso se extiende a la prevención de la concepción por un tiempo considerable. Durante estas partidas las mujeres se encuentran expuestas a numerosos riesgos, excesivos esfuerzos y los más graves extremos del hambre. Aun en sus hogares, su nación depende para la comida, durante cierta parte del año, de la recolección en los bosques. Esto significa que experimentan hambrunas una vez por año. Como en todos los animales, si la hembra está mal alimentada o sin alimentar, sus jóvenes hijos perecen. Y si ambos, macho y hembra, son reducidos a la necesidad, la generación se vuelve menos activa, menos productiva. A los obstáculos de la necesidad y del riesgo, con los cuales la naturaleza ha frenado la multiplicación de los animales salvajes con el propósito de restringir sus números dentro de ciertos límites, se agregan en los Indios aquellos de las labores y del aborto voluntario. No es maravilla entonces que se multipliquen menos que nosotros. Donde la comida es provista regularmente, en una sola granja habrá más ganado que búfalos en un país entero de bosques. Las mismas mujeres Indias, cuando se casan con comerciantes blancos, que las alimentan a ellas y a sus niños muy bien y regularmente, que las exoneran del trabajo excesivo, que las mantienen en un lugar y sin exponerlas a accidentes, producen y crían tantos hijos como la mujer blanca.


1Georges Louis Leclerc de Buffon (1707-1788), naturalista francés quien sostuvo la idea de la degeneración de las especies del Nuevo Mundo. Su obra llevaba por título Natural History, y estaba constituida por 44 volúmenes publicados entre 1749 y 1788, que se convirtieron en el trabajo científico más leído de su siglo.
2Habiendo crecido en la frontera de Virginia, Jefferson estaba más que familiarizado con los nativos americanos.

domingo, 13 de noviembre de 2016

CRISIS AMERICANA


Autor: Thomas Paine

Traductor: Pedro Peña





N. del T.: Thomas Paine (Thetford, Inglaterra, 1737 – Nueva York, EEUU, 1809) es uno de los padres fundadores de la nación norteamericana. La siguiente traducción (la segunda que realizo de un texto de Paine) es el inicio de una serie de escritos clásicos y panfletarios del autor titulados American crisis. Estos trabajos fueron publicados desde 1776 hasta 1783, coincidentemente con la revolución independentista. Como suele decirse, toda explicación acerca del presente radica en la historia.






ESTOS SON LOS TIEMPOS que prueban el alma de los hombres. El soldado de verano y el patriota a la luz del día se escabullirán, en esta crisis, del servicio de su país. Pero el que se alce de ahora en adelante merecerá el amor y la gratitud de los hombres y las mujeres compatriotas. La tiranía, como el infierno, no es conquistada fácilmente. Y aun así tenemos con nosotros el consuelo de que cuánto más duro el conflicto, más glorioso el triunfo. Lo que obtenemos a un bajo precio, lo estimamos demasiado livianamente. Es únicamente el alto costo lo que le da a cada cosa su valor. El cielo sabe cómo poner un precio apropiado a sus mercancías y sería extraño, ciertamente, que un artículo tan celestial como la libertad no fuera costoso. Gran Bretaña, con una Armada para asegurar su tiranía, ha declarado que tiene el derecho no solamente a poner impuestos, sino a amarrarnos totalmente en cualquier caso. Y si ser amarrado de esa manera no es esclavitud, entonces no hay tal cosa como la esclavitud sobre la tierra. Hasta la expresión es impía, porque un poder tan ilimitado puede solamente pertenecer a Dios.

No entraré en la discusión de si la independencia del continente fue declarada demasiado pronto o demorada largo tiempo. Mi propia y simple opinión es que, si hubiera sido ocho meses antes, habría sido mucho mejor. No hicimos un uso apropiado del último invierno, ni podríamos haberlo hecho mientras éramos un estado dependiente. Sin embargo, la falta, si es que hubo una, fue toda nuestra. No tenemos a nadie a quien culpar sino a nosotros. Pero no se ha perdido demasiado todavía. Todo lo que Howe ha estado haciendo este mes pasado es más un estrago que una conquista, al cual el espíritu de los Jerseys, un año atrás, habría rápidamente reprimido, y al que el tiempo y un poco de resolución pronto recuperarán.

Tengo menos superticiones que ningún hombre viviente, pero mi opinión secreta ha sido siempre, y todavía lo es, que Dios Todopoderoso no entregará a un pueblo a la destrucción militar, o lo abandonará sin ayuda a que perezca, y aun menos a un pueblo que tan seria y repetidamente buscó evitar las calamidades de la guerra por todos los métodos decentes que la sabiduría pudo inventar. Ni tampoco hay tanto de impío en mí como para suponer que Él ha renunciado al gobierno del mundo y nos ha entregado al cuidado de los diablos; y como no lo hago, no puedo ver bajo qué motivos el rey de Gran Bretaña puede mirar al cielo pidiendo por ayuda contra nosotros: un asesino común, un salteador de caminos, o alguien que irrumpe en una casa para robar, tienen tan buenas pretensiones como las suyas.


Es sorprendente ver cuán rápidamente el pánico corre a lo largo de un país. Todas las naciones y edades han estado sujetos a él. Gran Bretaña ha temblado como bajo una fiebre ante el reporte de la flota francesa ligera; y en el siglo XIV, la armada inglesa por entero, después de haber estragado el reino de Francia, fue devuelta a su lugar como hombres petrificados por el miedo. Y esta valiente hazaña fue llevada a cabo por unas pocas y quebradas fuerzas, reunidas y lideradas por una mujer: Juana de Arco. ¡Ojalá el cielo inspirara alguna virgen de Jersey a ensalzar el espíritu de sus coterráneos, y salvar a sus compatriotas sufrientes del daño y la violación! Y aun así, el pánico en algunos casos tiene sus usos; produce tanto bien como dolor. Su duración es siempre corta; la mente pronto crece a través de él y adquiere un hábito más firme que el anterior. Pero su peculiar ventaja es que, siendo la piedra de toque de la sinceridad y la hipocresía, lleva las cosas de los hombres hacia la luz, las cuales de otra manera habrían permanecido para siempre sin descubrir. (...) Tamizan los pensamientos escondidos del hombre y los exponen en público al mundo.


viernes, 23 de septiembre de 2016

COTTON MATHER y los juicios por brujería en Salem


Fragmento de LAS MARAVILLAS DEL MUNDO INVISIBLE

Autor: Cotton Mather (1663 -1728, Boston, Massachusets Bay Colony.)
Traductor: Pedro Peña

Cotton Mather fue un ministro puritano norteamericano y, como tal, una de las voces religiosas más influyentes a fines del siglo XVII y principios del XVIII. Dedicó gran parte de sus escritos al combate contra la brujería y a justificar los famosísimos juicios realizados en Salem en 1692. Particularmente a través de LAS MARAVILLAS DEL MUNDO INVISIBLE, publicado en 1693. Sus múltiples obras fueron causa de controversia incluso entre sus contemporáneos, y aunque al final de esta breve introducción al tema él mismo se deslinda de los juicios, hay testimonios que lo ubican presencialmente, y en primera línea, en las ejecuciones. Un personaje complicado. Una suerte de teórico inquisitorial puritano dispuesto a prodigar ajusticiamientos sin mayores consideraciones. Y, además, desde una perspectiva que podríamos llamar científico-médica, un defensor de la vacuna contra la viruela. Ortodoxo en la religión y progresista en la ciencia. Como para demostrar que en una misma vida hay espacio para casi todo.


Los primeros plantadores de estas colonias fueron una generación elegida de hombres, tan puros como para renegar de las muchas cosas que consideraban necesitadas de reforma en otras partes, y, aun así, tan pacíficos que abrazaron un exilio voluntario en el desierto americano, escuálido y hórrido, en vez de vivir en disputa con sus hermanos. Aquellos buenos hombres imaginaron que legarían su posteridad en un lugar donde nunca se verían las incursiones de la blasfemia o la superstición. Y una persona reconocida, retornando desde allí pudo, en un sermón ante el Parlamento, declarar: “He estado siete años en un país en el que nunca vi un hombre borracho, ni escuché un juramento, ni una blasfemia, ni vi ningún vagabundo en las calles en todo aquel tiempo...”.
Pero ¡ay!, los hijos y los criados de aquellos viejos fundadores deben soportar muchas plantas degeneradas, y ha aumentado ahora el número de gente inclinada en una dirección distinta a la de nuestro Josué1 y de los ancianos que le sobrevivieron. (...) Para hacerlo breve, aquel interés en el Evangelio, que era el mensaje y el encargo de nuestros padres para este lugar del fin del mundo, ha sido negado y pospuesto en demasía, y los logros de una generosa educación, devaluados por las multitudes que han caído ahora en una exorbitante maldad. Y algunos, especialmente nuestros jóvenes, cuando se han ido lejos de las restricciones aquí impuestas sobre ellos, se han vuelto extravagante y abominablemente maliciosos. Es así entonces que la felicidad de Nueva Inglaterra ha sido solo por un tiempo, como fue dicho, y no por un largo tiempo, como podríamos haber deseado. Una variedad de calamidades ha afligido desde hace tiempo a esta colonia. Y tenemos todas las razones imaginables para atribuírsela a la reprimenda del cielo sobre nosotros, a causa de nuestras múltiples apostasías. No hacemos un buen uso de nuestros desastres si no “Recordamos la razón por la que caemos, nos arrepentimos, y hacemos los primeros trabajos...2”. Pero aun nuestras aflicciones deben llevarse a una consideración más lejana. Hay una causa más profunda para nuestra desgracia. Hay que reconocerlo.
Los habitantes de Nueva Inglaterra son un pueblo de Dios afincado en aquellas que alguna vez fueron tierras del diablo, y puede fácilmente suponerse que el diablo se sintiera de gran manera perturbado cuando se percató de que tal pueblo vendría a cumplir la antigua promesa hecha a nuestro bienaventurado Jesús, de que Él tendría bajo su posesión las tierras más distantes. Irritado por todo esto, el diablo de inmediato puso en práctica toda clase de métodos para derribar a esta pobre colonia. Y de esa manera, gran parte de la iglesia que se aventuró en este territorio salvaje, de inmediato se encontró con que la serpiente echaba por su boca una fuerte riada para arrastrarla lejos. Creo que nunca fueron usados más recursos satánicos para perturbar a ningún pueblo bajo el sol, que los que han sido empleados para la extirpación de la viña que Dios ha plantado aquí, desterrando al pagano y haciendo espacio para ella, permitiendo que enraizara profundamente y llenara la tierra, que enviara sus ramas a través del Atlántico hacia el este, y sus brazos a través del río Connecticut al oeste, y que las colinas fueran cubiertas por su sombra desde entonces. Pero todos estos intentos del infierno han sido hasta ahora abortados, un Ebenezer 3 ha sido erigido aquí para alabanza de Dios por su pobre pueblo, y habiendo obtenido la ayuda de Dios, continuamos hasta este día. Por esta razón, el diablo ahora está haciendo una tentativa más sobre nosotros, una más difícil, más sorpresiva, más enredada en circunstancias ininteligibles que cualquier otra que hayamos encontrado hasta ahora. Una intentona tan crucial, que si salimos bien de ella pronto disfrutaremos de días mejores, con todos los buitres del infierno aplastados bajo nuestros pies. Él ha ordenado que sus legiones encarnadas nos persiguieran de la misma manera que el pueblo de Dios ha sido perseguido en el otro hemisferio. Así es que ha sacado a la luz a las más espirituales de ellas para hacerlas atacar sobre nosotros. Hemos sido advertidos por algunos cristianos de mucho fiar, aun vivos, de que un malhechor acusado de brujería, a la vez que de asesinato, y ejecutado en este lugar hace más de cuarenta años, dio entonces noticia de una horrible trama en contra de este país, a través de los cimientos de la brujería entonces recién dispuesta, que si no fuera convenientemente descubierta, probablemente volaría y tumbaría todas las iglesias del país. ¡Y ahora nosotros hemos presenciado con horror el descubrimiento de esta brujería! Una armada de diablos ha irrumpido sobre el lugar que es el centro y, de alguna manera, el primero de los asentamientos ingleses, y las casas de la buena gente allí están llenas de los pesarosos aullidos de sus hijos y criados, atormentados por invisibles manos con torturas por completo sobrenaturales.
...

No distraeré aun más al lector de su tan esperado entretenimiento en este breve informe de los juicios que han sucedido sobre algunos de los malhechores posteriormente ejecutados en Salem por brujería, de la cual fueron convictos. Por mi parte, no estuve presente en ninguno de ellos, ni tuve alguna vez ningún prejuicio personal con respecto a las personas traídas a escena, y mucho menos sobre sus parientes sobrevivientes, con los que y para quienes seré tan cordial deudo como cualquier hombre vivo en el mundo. ¡El Señor los reconforte!




1Alude aquí al patriarca bíblico que sucediera a Moisés y guiara a los israelitas a la Tierra Prometida.
2Mather reformula aquí una cita del Apocalipsis (2:5).
3Nombre dado a la piedra dispuesta como conmemoración de la victoria de Israel sobre los Filisteos.

miércoles, 8 de junio de 2016

SOBRE EL ORIGEN Y EL MOTIVO DEL GOBIERNO EN GENERAL (tomado de Common Sense)


AUTOR: Thomas Paine

TRADUCTOR: Pedro Peña

N. del T.: Cuando llegó a América, Thomas Paine (1737-1809) era un inglés empobrecido cuya vida había transcurrido entre fracasos. Dos años después era la voz más famosa y poderosa de la revolución. En Londres había conocido a Benjamin Franklin quien le escribió una carta de recomendación en la que lo caracterizaba como un “un ingenioso y valioso joven”. La obra cumbre de Paine, Common Sense (Sentido Común) fue publicada por primera vez en 1776 y se la considera un antecedente directo de la Declaración de Independencia que tuviera lugar seis meses después.


Algunos escritores han confundido tanto sociedad con gobierno, hasta casi no dejar ninguna distinción entre ambos; sin embargo no son solo distintos sino que tienen diferentes orígenes. La sociedad es producida por nuestros deseos y el gobierno por nuestra maldad. El primero promueve nuestra felicidad positivamente al unir nuestros afectos; el último negativamente restringiendo nuestros vicios. Uno promueve el intercambio, el otro crea distinciones. El primero es un patrono1, el segundo es un disciplinador.
La sociedad en cualquiera de sus estados es una bendición, pero el gobierno, aún en su mejor estado, no es más que un mal necesario. En su peor estado, un mal intolerable: porque desde que sufrimos o estamos expuestos a las mismas miserias por un gobierno, las cuales serían de esperar en un país sin gobierno, nuestra calamidad es elevada al verificar que nosotros mismos proveemos los medios por los cuales sufrimos. El gobierno, como el vestido, es el emblema de la inocencia perdida; los palacios de los reyes son construidos sobre las ruinas de las habitaciones del paraíso. Si los impulsos de la conciencia fueran claros, uniforme e irresistiblemente obedecidos, el hombre no necesitaría ningún otro legislador. Pero no siendo éste el caso, él encuentra necesario renunciar a una parte de su propiedad para proveer los medios para la protección del resto; a esto es inducido por la misma prudencia que en todos los otros casos le aconseja, de entre dos males, elegir el menor. Por esa razón, siendo la seguridad el verdadero designio y fin del gobierno, de forma incontestable sigue el pensamiento de que cualquier forma que aparezca como probable para asegurárnosla con el menor costo posible y el mayor beneficio, es preferible a todas las otras.
Para generar una clara y justa idea del designio y el fin del gobierno, supongamos un pequeño número de personas establecidos en algún apartado lugar de la tierra, desconectados del resto; ellos representarán entonces las primeras poblaciones de cualquier país, o del mundo. En este estado de natural libertad, la sociedad será su primer pensamiento. Mil motivos los llevarán a ello; la fuerza de un hombre es tan dispar en cuanto a sus deseos, y su mente tan poco dispuesta a la soledad perpetua, que es pronto obligado a buscar la asistencia y el alivio de otro, quien a su vez requiere lo mismo. Cuatro o cinco hombres unidos podrán levantar una morada aceptable en el medio del territorio salvaje, pero un solo hombre podría trabajar durante el período de una vida común sin lograr tal cosa. Cuando haya derribado su tronco no podrá removerlo, ni erigirlo después de haberlo removido. El hambre, mientras tanto, le urgirá a dejar su trabajo, y cada deseo lo convocará a un camino distinto. La enfermedad, y hasta el infortunio, serían la muerte; porque podrían, sin ser mortales, inutilizarlo para la vida, y reducirlo a un estado al que sería mejor llamar perecer que morir.
De esa manera la necesidad, como una fuerza gravitante, pronto volverá a los recientemente arrivados emigrantes una sociedad, cuyas recíprocas bendiciones sustituirán y dejarán de lado las obligaciones de la ley y el gobierno, innecesarias mientras permanezcan perfectamente justos con los otros. Pero como nada excepto el Cielo es inexpugnable al vicio, sucederá de forma inevitable que a medida que superen las primeras dificultades de la emigracion, la cual los reunió en una causa común, comenzarán a relajarse en sus deberes y compromisos hacia los demás; y esta negligencia señalará la necesidad de establecer alguna forma de gobierno que cubra el defecto de la virtud moral.
Algún árbol adecuado se convertirá en la Casa de Estado, bajo cuyas ramas toda la colonia se reunirá en asamblea para deliberar sobre los asuntos públicos. Es más que probable que su primeras leyes tendrán el título solo de Regulaciones y no serán reforzadas por otras penas más que la desestimación pública. En este primer parlamento cada hombre por derecho natural tendrá un asiento.
Pero cuando la Colonia crezca, los preocupaciones públicas también aumentarán, y la distancia que separe a los miembros les causará mucho inconveniente para volver a encontrarse en cada ocasión como la primera, cuando su número era pequeño, sus viviendas estaban cerca y las preocupaciones públicas eran pocas e insignificantes. Esto señalará la conveniencia de un consentimiento que permita que la parte legislativa sea manejada por un número selecto de elegidos de todo el cuerpo, quienes se supone que tendrán las mismas preocupaciones e intereses que aquellos que los han nombrado, y que actuarán de la misma manera en la que actuaría todo el cuerpo si éste estuviera presente. Si la colonia continúa creciendo, se volverá necesario aumentar el número de representantes, y para que el interés de cada parte de la colonia pueda ser atendido, se considerará mejor dividir el todo en partes convenientes, cada parte enviando su propio número, y de esa manera los elegidos nunca podrán generar para ellos un interés separado del de los electores; la prudencia señalará la pertinencia de tener elecciones a menudo: porque debido a que los electos de esa manera retornarán a mezclarse con el cuerpo general de electores en unos pocos meses, su fidelidad al interés público estará asegurada por la prudente reflexión de no crearse sus propios castigos. Y como este frecuente intercambio establecerá un interés común con cada parte de la comunidad, ellos mutua y naturalmente apoyarán a los otros, y en esto (no en el insignificante nombre del rey) se sustenta la fuerza del gobierno y la felicidad de los gobernados.
Aquí entonces es el origen y el ascenso del gobierno; lo que es decir, una forma necesaria por la incapacidad de la virtud moral para gobernar el mundo; aquí también está el designio y el fin del gobierno. Libertad y seguridad. Y sin embargo nuestros ojos pueden estar impresionados con el espectáculo, nuestras orejas embaucadas por el sonido; a pesar de que el prejuicio pueda envolver nuestras voluntades, o los intereses oscurecer nuestro entendimiento, la simple voz de la naturaleza y la razón dirán “está bien”.



1En el sentido de mecenas.

sábado, 14 de mayo de 2016

SOBRE LA ESCLAVITUD (fragmento de Cartas de un granjero americano)


AUTOR: Michel-Guillaume-Jean de Crèvecoeur (también conocido como J. Hector St. John de
Transporte de esclavos
Crèvecoeur)

TRADUCTOR: Pedro Peña

N. del T.: en un texto anterior de Crèvecoeur (1735-1813) hemos visto su admiración por el nuevo continente y sus habitantes. Pero en sus cartas también están presentes los aspectos negativos de la nueva nación que se gestaba a partir de las colonias inglesas. En este caso se trata de un fragmento en el que el autor arremete contra los propietarios de plantaciones en Charleston y el terrible tratamiento al que sometían a sus esclavos a fines del siglo XVIII. Un siglo antes de que los EEUU abolieran la esclavitud. El tenor del fragmento recuerda de alguna manera aquellas denuncias escritas por Bartolomé de las Casas acerca del modo en el que los conquistadores españoles sometían a los nativos americanos en Centroamérica y el Perú.


Fragmento de la CARTA IX


  Si alguna vez poseyera una plantación y mis esclavos fueran tratados como son en general tratados aquí, nunca podría descansar con tranquilidad; mi sueño sería perpetuamente estorbado por la retrospectiva de los fraudes cometidos en África para atraparlos, fraudes que sobrepasan en enormidad todo lo que una mente común posiblemente pueda concebir. Estaría pensando en el tratamiento bárbaro con el que se encuentran a bordo de las naves, en sus angustias, en la desesperación necesariamente inspirada por su situación cuando se los arranca de sus amigos y relaciones, cuando son entregados en las manos de gente de color distinto a quienes no pueden entender, transportados en una extraña máquina sobre un siempre agitado elemento que nunca han visto antes, y finalmente entregados a la severidad de los azotadores y a las excesivas labores de los campos. ¿Puede ser posible que la fuerza de la costumbre me haga sordo a todas estas reflexiones y tan insensible a la injusticia de este comercio y a sus miserias como parecen serlo los ricos habitantes de este pueblo? ¿Qué es entonces el hombre, este ser que se jacta tanto de la excelencia y de la dignidad de su naturaleza entre toda la variedad de inescrutables misterios, de problemas sin solución, de los que está rodeado?
Aviso de venta de esclavos, sin viruela.

  ¿Pero es realmente cierto, como yo he escuchado que se asegura aquí, que estos negros son incapaces de sentir los acicates de la emulación y el sonido alegre del estímulo? De ninguna forma; hay mil pruebas existentes de su gratitud y de su fidelidad; esos corazones en los que pueden crecer tan nobles disposiciones son entonces como los nuestros; son susceptibles de todos los sentimientos generosos, de todos los motivos útiles de acción; ellos son capaces de recibir las luces del conocimiento, de absorber ideas que les aliviarían en mucho el peso de sus miserias. ¿Pero qué métodos se han usado en general para obtener tan deseable fin? Ninguno; el día en el que llegan y en el que son vendidos es el primero de sus trabajos, trabajos que desde esa hora en adelante no admiten respiro; incluso siéndoles por ley concedido el domingo para el esparcimiento, son obligados a emplear ese tiempo, el cual está pensado para el descanso, en labrar sus pequeñas plantaciones. ¿Qué puede esperarse entonces de estos desdichados en tales circunstancias? Forzados desde su país nativo, cruelmente tratados a bordo y no menos cruelmente tratados en las plantaciones a las cuales son llevados; ¿hay algo en este tratamiento que no deba encenderles todas las pasiones, sembrar en ellos todas las semillas del resentimiento inveterado y nutrirles el deseo de perpetua venganza? Ellos son abandonados al efecto irresistible de estas fuertes y naturales propensiones; los golpes que reciben, ¿son propicios a extinguirlos o conducentes a ganar su afecto? Ni son confortados por las esperanzas de que su esclavitud terminará alguna vez sino con su muerte, ni animados por la generosidad de su alimentación o la benevolencia en el trato. Las mismas esperanzas extendidas a la humanidad por la religión, ese sistema de consuelo tan útil a los miserables, nunca les son ofrecidas. Ni
Recompensa por un esclavo que huyó.
medios morales ni físicos son usados para ablandar sus cadenas; son abandonados en su estado original sin instrucción, ese mismo estado en el que las propensiones naturales de venganza y las destempladas pasiones son muy pronto encendidas. Ni un solo motivo que los anime o que pueda impeler su voluntad o excitar sus esfuerzos, solo terrores y castigos se les ofrecen; la muerte les es sentenciada si huyen; horribles laceraciones si hablan con su libertad originaria; son perpetuamente intimidados por los terribles golpes del látigo o por el temor de la pena capital, y aun así estos castigos a menudo fallan su propósito.


sábado, 7 de mayo de 2016

QUÉ ES UN AMERICANO (fragmento de CARTAS DE UN GRANJERO AMERICANO)


AUTOR: Michel-Guillaume-Jean de Crèvecoeur (también conocido como J. Hector St. John de
Crèvecoeur)

TRADUCTOR: Pedro Peña

  N. del T.: el francés CRÈVECOEUR (1735-1813) fue un noble de baja jerarquía que durante algunos años vivió en las colonias francesas e inglesas en Norteamérica. Llegó allí después de haber completado sus estudios en Inglaterra. En Canadá se enlistó en la Milicia Colonial Francesa con grado de oficial. Fue tomado prisionero tras la derrota de las tropas francesas en Quebec. Luego de su liberación se trasladó a New York, desde donde viajó a lo largo y ancho de las colonias inglesas como comeciante. En 1769 compró tierras al noreste de New York y se asentó como granjero. Al tiempo comenzó a escribir ensayos y crónicas sobre su experiencia en aquella nueva América cuya identidad se estaba forjando en conflictos permanentes entre las coronas, los nativos y los colonos independentistas.
   Cuando estaba próxima a estallar la guerra de independencia, Crèvecoeur, simpatizante británico (como queda claro en sus escritos), decidió regresar a Francia. Allí descubrió que sus escritos eran muy bien recibidos. En 1782 vio la luz en Inglaterra su libro Letters from an american farmer, que adquirió fama rápidamente. Se trataba de una exaltación modélica de la nueva nación en ciernes.
   Luego de varios viajes, incluido un regreso en 1787 como cónsul a lo que ahora se había convertido en los EEUU, Crèvecoeur pasó sus últimos años en Normandía como un escritor noble y olvidado que escribía sobre cosas que ya no interesaban, en medio de los conflictos europeos dominados por la figura de Napoleón.


Carta III: QUÉ ES UN AMERICANO (fragmento)

En este gran asilo americano los pobres de Europa se han de alguna manera reunido como consecuencia de varias causas. ¿A qué propósito deberían preguntarse unos a otros a qué país pertenecen? ¡Alas!, dos tercios de ellos no tenían país. ¿Puede un desdichado, que vagabundea de aquí para allá, que trabaja y a la vez muere de hambre, cuya vida es una continua escena de dolorosa aflicción y de punzante penuria, puede, ese hombre, decir que Inglaterra o algún otro de los reinos del mundo es su país? ¿Un país que no tenía pan para él, cuyos campos nunca le procuraron cosecha alguna, que lo único que le ofreció fue el ceño fruncido de los ricos, la severidad de sus leyes, las cárceles y los castigos; en el que no era dueño siquiera de un solo pie sobre la extensa superficie de este planeta? ¡No! Urgido por una variedad de motivos, aquí vinieron. Todo se ha dispuesto para regenerarlos: nuevas leyes, una nueva forma de vida, un nuevo sistema social. Aquí se han vuelto hombres. En Europa eran como esas plantas inútiles: esperando el abono y el riego fresco, se marchitaron y fueron masacradas por la escasez, el hambre y la guerra. Pero ahora, por el hecho de haber sido trasplantadas, como cualquier otra planta, han echado raíz y florecido. Anteriormente no figuraban en ninguna lista civil de su país excepto en la de los pobres. Aquí son considerados como ciudadanos. ¿Por qué invisible poder ha ocurrido esta sorprendente metamorfosis? Por el poder de las leyes y el de su industria. Las leyes, las indulgentes leyes, los protegen cuando llegan estampando sobre ellos la marca de la adopción; reciben amplia recompensa por sus trabajos; estas recompensas acumuladas les procuran tierras; esas tierras les confieren el título de hombres libres, y, sujeto a ese título, cualquier beneficio que el hombre pueda requerir. Esa es la gran operación que diariamente realizan nuestras leyes. ¿De dónde proceden estas leyes? De nuestro gobierno. ¿Y de dónde nuestro gobierno? Éste se deriva del genio original y del fuerte deseo del pueblo ratificado y confirmado por la Corona. Esa es la gran cadena que nos une a todos.
¿Qué atadura puede un pobre emigrante europeo tener por un país donde nunca tuvo nada? El conocimiento del lenguaje, el amor por unos pocos parientes tan pobres como el mismo, eran los únicos hilos que lo ataban. Su país es ahora aquel que le da tierra, pan, protección e importancia. Ubi panis idi patrias es el motor de todos los emigrantes. ¿Qué es entonces el americano, este nuevo hombre? Es un europeo, o el descendiente de un europeo, de tal forma que tan extraña mezcla de sangre no se encuentra en otro país. Yo podría señalarles a ustedes una familia cuyo abuelo era un inglés, su esposa una holandesa, cuyo hijo se casó con una mujer francesa, cuyos descendientes tienen ahora cuatro esposas de diferentes naciones. Él es un americano, quien dejando detrás de sí sus antiguos prejuicios y sus antiguas costumbres, recibe otras nuevas provenientes de la nueva forma de vida que ha abrazado, un nuevo gobierno al que obedece, y el nuevo estatus que ahora sostiene. Él se convierte en americano al ser recibido en el amplio regazo de nuestra gran Alma Mater. Aquí individuos de todas las naciones se mezclan en una nueva raza  cuyos trabajos y posteridad un día causarán grandes cambios en el mundo.
Los Americanos estuvieron una vez dispersos por toda Europa. Aquí están incorporados dentro de uno de los más afinados sistemas de población que ha existido alguna vez y que en adelante los distinguirá a causa de los diferentes climas en los que habitan. El americano debería entonces amar este país mucho más que aquel en el que sus padres nacieron. Aquí las recompensas de su trabajo industrioso siguen con igual paso el progreso de su labor; su labor está fundada en la base de la naturaleza, el interés propio. ¿Puede desearse un mayor estímulo? Esposas y niños, quienes antes en vano demandaban de él un bocado de pan, ahora rollizos y vivaces, de forma agradecida, ayudan a su padre a limpiar aquellos campos en los que los cultivos exuberantes crecerán para alimentarlos y vestirlos a todos, sin que ninguna parte sea reclamada por príncipes despóticos, abates ricos o poderosos señores. Aquí la religión demanda poco de él: un pequeño salario voluntario al ministro y la gratitud a Dios. ¿Puede rehusarse a esto?
El Americano es un hombre nuevo que actúa bajo nuevos principios. Debe por eso generar nuevas ideas y formar nuevas opiniones. Del ocio involuntario, la servil dependencia, las penurias y la labor inútil, ha pasado a un trabajo arduo de una naturaleza muy diferente, recompensado por una abundante subsistencia. Esto es un americano.