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sábado, 22 de julio de 2017

LOS HOMBRES Y LA NATURALEZA

AUTOR: Michel-Guillaume-Jean  de Crèvecoeur
TRADUCTOR: Pedro Peña


N. del T.: Las palabras de Crèvecoeur lo muestran como un hombre situado en su contexto. Y su contexto era el de finales del Siglo XVIII en Norteamérica, en pleno proceso de colonización y comercio, y en el inicio de las hostilidades entre las colonias e Inglaterra, que llevarían pocos años después a la creación de los EEUU. La idea de que los hombres que habitan un lugar determinado son reflejo de las características de ese lugar no es nueva para aquella época, pero Crèvecoeur la expresa con mucha belleza. Belleza que esperemos se pierda lo menos posible en esta traducción.

  Los hombres son como las plantas: la bondad y el sabor de las frutas proceden de las peculiaridades del suelo y de la exposición en la cual crecen. No somos otra cosa que lo que extraemos del aire que respiramos, del clima en el que habitamos, del gobierno que obedecemos, del sistema religioso que profesamos y de la naturaleza de nuestra ocupación.  Aquí  no se encontrará sino unos pocos crímenes que hayan enraizado entre nosotros. Desearía poder ser capaz de plantear todas mis ideas. Si mi ignorancia no me permite describirlas apropiadamente, sí tengo la esperanza de que pueda al menos delinearlas en unos pocos trazos, que es todo lo que me propongo.
  Aquellos que viven cerca del mar se alimentan más de pescado que de carne, y a menudo encuentran  esto último escandaloso. Esto los vuelve más atrevidos y emprendedores; los hace renegar de las confinadas ocupaciones de la tierra. Ven y conversan con una gran variedad de gente. Su intercambio con la humanidad se vuelve extensivo. El mar les inspira un amor por el tráfico, el deseo de transportar productos de un lugar a otro, y los conduce a una variedad de recursos que suplen el lugar del trabajo.  
  Aquellos que habitan los asentamientos centrales, por lejos los más numerosos, deben ser muy distintos. El mero cultivo de la tierra los purifica, pero las indulgencias del gobierno, los suaves reproches de la religión, el rango de propietarios absolutos e independientes, deben necesariamente inspirarles con sentimientos muy pocos conocidos en Europa entre gente de la misma clase. ¿Qué estoy diciendo? Europa no tiene esta clase de hombres. El temprano conocimiento que adquieren, los tratos tempranos que hacen, les dan un alto grado de sagacidad. Como hombres libres serán dados a los litigios; el orgullo y la obstinación son a menudo la causa de las demandas legales; la naturaleza de nuestras leyes y gobiernos puede ser otra. Como ciudadanos es fácil imaginar que leerán los periódicos cuidadosamente, intervendrán en cada disquisición política, criticarán y censurarán libremente a los gobernantes y a los otros. Como granjeros serán cuidadosos y ansiosos de conseguir todo lo que puedan, porque lo que consigan les pertenecerá. Como hombres del Norte, amarán la alegría de la copa. Como cristianos, la religión no refrenará sus opiniones. La indulgencia general dejará a cada uno que piense por sí mismo en materia espiritual. Las leyes rigen nuestras acciones; nuestros pensamientos son dejados a Dios. El trabajo, el buen vivir, el egoísmo, los litigios, las ideas políticas del país, el orgullo de ser hombres libres, la indiferencia religiosa, son sus características.
  Si uno se aleja aun más del mar, llegará a los asentamientos más recientes. Estos exhiben los mismos fuertes lineamientos, con una apariencia más ruda. La religión parece tener aun menos influencia y las costumbres son incluso peores.
  Ahora llegamos a la proximidad de los grandes bosques, cerca de los últimos distritos habitados; allí los hombres parecen haberse establecido aun más lejos del alcance de los gobiernos, lo que en cierta medida los deja a su propio albedrío. Y como fueron conducidos por la mala fortuna, la necesidad de un nuevo comienzo, el deseo de adquirir grandes extensiones de tierra, el ocio, la frecuente necesidad económica, las antiguas deudas, la reunión de esta gente no reporta un espectáculo muy placentero. Cuando la discordia, la falta de unidad y camaradería, cuando tanto la ebriedad como el ocio prevalecen en tan remotos parajes,  la contienda, la inactividad y las desgracias tienen lugar. Y no existen los mismos remedios para estos males que en una comunidad establecida de hace tiempo. Los pocos magistrados que tienen son en general solo un poco mejor que el resto. Estos hombres viven en un estado de guerra perfecto: el del hombre contra el hombre, a veces decidido por golpes, a veces por medio de la ley, o el del hombre contra los habitantes de estos venerables bosques, a los cuales han venido a expoliar.
  Así los hombres parecen no ser mejores que animales carnívoros de rango superior, viviendo de la carne de los animales salvajes cuando pueden capturarlos, y cuando no pueden, subsistiendo de cereales. Aquel que desee ver América a la luz apropiada y tener una verdadera idea de sus débiles comienzos y sus bárbaros rudimentos, debe visitar nuestra extendida línea de frontera, donde los últimos colonos viven y donde podrá ver las primeras labores de asentamiento, la forma de remover la tierra, y, en todos sus diferentes modos, el lugar donde los hombres son abandonados totalmente a sus temperamentos de nacimiento y a la espuela del trabajo incierto, el cual a menudo falla cuando no está santificado por la eficacia de unas pocas reglas morales. Allí, muy lejos del poder del ejemplo y del control del recato, muchas familias exhiben los más horribles aspectos de nuestra sociedad. Son como una triste esperanza precediendo por  diez o doce años a la más decente hueste de veteranos que vendrá después de ellos. En aquel ínterin la prosperidad habrá pulido a algunos, el vicio y la ley se llevarán al resto, los cuales, unidos otra vez con otros como ellos, irán aun más lejos dejando espacio para la gente más industriosa, que acelerará sus mejoras, convertirá la casa de troncos en una morada conveniente, y, regocijándose de que las primeras labores han sido terminadas, cambiará en unos pocos años aquella hasta el momento salvaje región en un hermoso, fértil y bien regulado distrito. Así es nuestro progreso. Así es la marcha de los europeos hacia las partes interiores de este continente.

sábado, 15 de julio de 2017

LOS CAZADORES Y LOS BOSQUES

AUTOR: Michel-Guillaume-Jean  de Crèvecoeur 
TRADUCTOR: Pedro Peña

N. del T.: el francés CRÈVECOEUR (1735-1813) es uno de los autores más traducidos en este blog. Nacido en la nobleza, durante algunos años vivió en las colonias francesas e inglesas en Norteamérica, actuales Canadá y EEUU. Fue miliciano francés con grado de oficial, prisionero de guerra, comerciante, colono, diplomático y un largo etcétera. En 1782 publicó su obra principal: Letters from an american farmer, que adquirió popularidad rápidamente. De ella hemos extraído los distintos textos que presentamos a ustedes. 
Boy Hunting - L. G. White


  Volvamos a ocuparnos de nuestro colonos de la periferia. Debo decirles que hay algo en la proximidad de los bosques que es muy singular. Lo es para los hombres así como para las plantas y los animales que crecen y viven en los bosques; estos son totalmente diferentes de aquellos que viven en las planicies. Les diré lo que pienso al respecto con sinceridad, pero no deben esperar que adelante razón alguna. Al vivir cerca o en los bosques, sus acciones son reguladas por lo salvaje del vecindario. Los venados a menudo vienen a comer sus granos, los lobos a destruir sus majadas, los osos a matar sus cerdos y los coyotes a llevarse sus aves de corral. Esta hostilidad circundante inmediatamente les pone un arma en sus manos; entonces vigilan a estos animales; matan algunos y así, defendiendo su propiedad, pronto se vuelven cazadores declarados. Así es el desarrollo de las cosas: una vez cazadores, adiós al arado. La cacería los vuelve feroces, sombríos e insaciables. Un cazador no quiere ningún vecino cerca. Al contrario, los desprecia porque teme a la competencia. En poco tiempo su éxito en los bosques los hace negligentes con sus cultivos. Confían en la fecundidad natural de la tierra y por eso hacen poco. El descuido en los cercos a menudo expone lo poco que siembran a la destrucción. No están en sus hogares para vigilar; para compensar estas deficiencias salen cada vez más a menudo a los bosques. Este nuevo modo de vida trae consigo nuevos modales que no podría describir fácilmente. Estas nuevas costumbres, al ser injertadas en las viejas, producen una clase extraña de ilícita prodigalidad cuyas impresiones son imborrables. Las costumbres de los indios nativos son decentes comparadas con esta mezcla de los europeos. Sus esposas y niños viven en la pereza y la inactividad, y no teniendo un propósito acorde, ustedes mismos pueden juzgar la clase de educación que reciben. Sus tiernas mentes no tienen otra cosa para contemplar que el ejemplo de sus padres; como ellos, crecen como una cría mestiza, mitad civilizada, mitad salvaje, a no ser que la naturaleza les estampe alguna inclinación en su constitución personal. Aquel fértil, aquel agradable sentimiento que los impactaba de forma tan fuerte, se ha ido.  La posesión de la tierra ya no les ofrece el mismo placer y orgullo. A todas estas razones ustedes deben agregar su situación de soledad, ¡y no pueden imaginar el efecto en las costumbres de las grandes distancias que los separan unos de otros! 
  Consideren a primera vista alguno de los últimos asentamientos: ¿de qué se componen? De europeos que no tienen el suficiente conocimiento que deberían tener para prosperar; gente que de pronto ha pasado de la opresión, del terror al gobierno, del temor a las leyes, hacia la ilimitada libertad de los bosques. Este cambio brusco debe tener un enorme efecto en la mayoría de los hombres; en particular en aquella clase de hombres. Comer carne salvaje, sin importar lo que piensen, tiende a alterar sus temperamentos. Aun así, toda la prueba que puedo aducir es simplemente que lo he visto; y al no tener lugar de culto al que acudir como alivio, hasta este mínimo atisbo de sociedad les es negado. Los encuentros de los domingos, de exclusivo beneficio religioso, eran los únicos vínculos sociales que podrían haberles inspirado algún grado de emulación de la pulcritud y el aseo. ¿Es entonces sorprendente ver hombres así, inmersos en grandes y pesadas tareas, degenerarse un poco? Es por cierto una maravilla que el efecto no sea aun más difundido. Los moravianos y los cuáqueros son los únicos ejemplos de excepción de lo que he planteado. Los primeros nunca colonizan en solitario; es toda una colonia de su sociedad la que emigra. Llevan con ellos sus costumbres, cultos, reglas y decencia. Los segundos nunca comienzan tan duro; siempre pueden comprar tierras mejoradas, en las cuales hay una gran ventaja porque para la época en que las compran el lugar ya ha sido recuperado de su primera barbarie. De esta manera, nuestra mala gente son aquellos que son mitad  cultivadores y mitad cazadores, y los peores de ellos son aquellos que se han degenerado solamente hacia la cacería. Como viejos labradores y nuevos hombres de los bosques, como europeos convertidos en indios, contraen los vicios de ambos; adoptan la morosidad y la ferocidad de los nativos sin su benevolencia, incluso sin su industria en el hogar. Si nuestras costumbres no son refinadas, al menos se vuelven simples e inofensivas en el cultivo de la tierra. Todas nuestras necesidades son cubiertas por ella; nuestro tiempo está dividido entre la labor y el descanso, y no deja ningún lugar a la comisión de fechorías. Como cazadores, nuestro tiempo se divide entre la cacería, el reposo ocioso y la indulgencia de la embriaguez. La caza no es otra cosa que una licenciosa vida de ocio, y si no siempre pervierte las buenas disposiciones, cuando está unida a la mala suerte lleva a la necesidad; la necesidad estimula aquella propensión a la rapacidad y la injusticia muy natural en los hombres necesitados, lo cual es una fatal gradación. 
El autor

  Después de esta explicación de los efectos que sobrevienen a la vida en los bosques, ¿nos halagaremos vanamente a nosotros mismos con la esperanza de convertir a los indios? Deberíamos comenzar por convertir a nuestros propios colonos de la periferia; y ahora, si me atreviera a mencionar el nombre de la religión, diría que sus dulces acentos se perderían en la inmensidad de estos bosques. Los hombres así constituidos no están listos ni para recibir ni para recordar sus suaves instrucciones; quieren templos y ministros, pero tan pronto como dejan de permanecer en el hogar y comienzan a llevar una vida errática, no importa si son castaños o blancos, dejan de ser sus discípulos.

jueves, 2 de febrero de 2017

APUNTES SOBRE LA CONVIVENCIA DE LAS DISTINTAS RELIGIONES EN AMÉRICA DEL NORTE


AUTOR: Michel-Guillaume-Jean de Crèvecoeur (también conocido como J. Hector St. John de Crèvecoeur)

TRADUCTOR: Pedro Peña


N. del T.: en textos anteriores de Crèvecoeur (1735-1813) hemos visto su admiración por el nuevo continente y sus habitantes, así como su rechazo a la práctica de la esclavitud en las colonias inglesas de lo que luego serían los EEUU. En esta ocasión, el texto traducido tiene que ver con la posibilidad de convivencia de distintos credos religiosos, que el autor anunciaba como posible en el nuevo continente. Un texto para ser leído en la actual coyuntura y, tal vez, esbozar una sonrisa. Una sonrisa irónica. Tal vez trágica.



Así como me he esforzado para mostrarles cómo los Europeos1 se vuelven Americanos, no sería inadecuado que les mostrara igualmente cómo las varias sectas cristianas introducidas se desgastan, y cómo la indiferencia religiosa se vuelve prevalente. Cuando un número considerable de integrantes de una secta particular vive junto a otros, inmediatamente erigen un templo y allí adoran a la Divinidad de acuerdo a sus propias y peculiares ideas. Nadie los molesta. Si alguna nueva secta surge en Europa, podría suceder que muchos de sus profesores vinieran y se establecieran en América. Como traen su fervor con ellos, están en libertad de conseguir prosélitos, si pueden, y de fundar una congregación, y seguir los dictados de sus conciencias, porque ni el gobierno ni ningún otro poder interfiere. Si son sujetos pacíficos e industriosos, ¿qué puede importarles a sus vecinos cómo y de qué manera piensan dirigir sus plegarias hacia el Ser Supremo? Pero si los miembros de la secta no se establecen juntos ni cerca, si están mezclados con otras denominaciones, su fervor se enfriará y se extinguirá en poco tiempo. Entonces los Americanos se vuelven, para la religión, lo que ya son para el país: afines a todos. El nombre de Inglés, Francés o Europeo, en ellos, está perdido; y de igual manera, los estrictos modos de la Cristianidad tal como se practica en Europa, también están perdidos. Este efecto se extenderá aun más desde ahora en adelante, y aunque pueda parecerles una idea extraña, aun así es muy verdadera. Quizás pueda en lo próximo explicarme mejor; mientras tanto, dejemos que el siguiente ejemplo sirva como mi primera justificación.

Supongamos que usted y yo estamos viajando; observamos que en esta casa, a la derecha, vive un Católico que reza a Dios como le ha sido enseñado y cree en la transustanciación; trabaja y cultiva el trigo, tiene una extensa familia de niños, todos sanos y robustos; su creencia, sus oraciones, no ofenden a nadie. A tal vez una milla de distancia, por el mismo camino, su vecino más próximo podría ser un honesto y esforzado Alemán Luterano que se dirige hacia el mismo Dios, el Dios de todos, de acuerdo a los modos en los que ha sido educado, y cree en la consustanciación, y haciendo esto no escandaliza a nadie; también trabaja en sus campos, embellece la tierra, limpia las ciénagas, etc. ¿Qué tiene que ver el mundo con sus principios Luteranos? Él no persigue a nadie, y nadie lo persigue. Visita a sus vecinos, y sus vecinos lo visitan. Cerca de él vive un secesionista, el más entusiasta de todos. Su fervor es ardiente e intenso, pero como está separado de otros de su misma naturaleza, no tiene una congregación propia a la que remitirse y en la que podría complotar y mezclar el fervor y el orgullo religioso con la obstinación mundana. Él, en cambio, consigue buenas cosechas, su casa está pintada bellamente, su huerto de frutales es uno de los más hermosos del vecindario. ¿Cómo es que conciernen al bien del país o de la provincia, los sentimientos religiosos de este hombre, si es que realmente tiene algunos? Es un buen granjero, sobrio, pacífico, un buen ciudadano. El mismo William Penn2 no desearía más que esto. Este es su carácter visible; lo invisible sólo puede adivinarse y no es del interés de nadie... Cada una de estas personas instruye a sus hijos tan bien como puede, pero esta instrucción es débil comparada a aquella que se les da a los jóvenes de las clases más pobres en Europa. Sus hijos, entonces, crecerán menos fervorosos y más indiferentes en materia de religión que sus padres. La tonta vanidad, e incluso la virulencia por hacer prosélitos, es desconocida aquí; no tienen tiempo para ella porque las estaciones reclaman toda su atención, y de esa manera, en unos pocos años, este vecindario variado exhibirá una extraña mezcla religiosa que no será puramente ni Catolicismo ni Calvinismo. De esta manera todas las creencias estarán mezcladas, al igual que todas las naciones; y así la indiferencia religiosa es imperceptiblemente diseminada desde un extremo del continente al otro, siendo al presente una de las características más fuertes de los Americanos. Nadie puede predecir
adónde conducirá esto. Tal vez quede un vacío que permita recibir otros sistemas. La persecución, el orgullo religioso, el amor por la contradicción, son el alimento de lo que el mundo comúnmente llama religión. Estos móviles han cesado aquí. El fervor en Europa está confinado. Aquí se evapora en la gran distancia que tiene que viajar. Allí es un grano de pólvora encerrado3; aquí se quema en el aire abierto y se consume sin efecto.


1Se respeta el uso de mayúsculas de acuerdo al texto original.
2Cuáquero inglés fundador de Pennsylvania.

3Listo para encender y disparar.

sábado, 14 de mayo de 2016

SOBRE LA ESCLAVITUD (fragmento de Cartas de un granjero americano)


AUTOR: Michel-Guillaume-Jean de Crèvecoeur (también conocido como J. Hector St. John de
Transporte de esclavos
Crèvecoeur)

TRADUCTOR: Pedro Peña

N. del T.: en un texto anterior de Crèvecoeur (1735-1813) hemos visto su admiración por el nuevo continente y sus habitantes. Pero en sus cartas también están presentes los aspectos negativos de la nueva nación que se gestaba a partir de las colonias inglesas. En este caso se trata de un fragmento en el que el autor arremete contra los propietarios de plantaciones en Charleston y el terrible tratamiento al que sometían a sus esclavos a fines del siglo XVIII. Un siglo antes de que los EEUU abolieran la esclavitud. El tenor del fragmento recuerda de alguna manera aquellas denuncias escritas por Bartolomé de las Casas acerca del modo en el que los conquistadores españoles sometían a los nativos americanos en Centroamérica y el Perú.


Fragmento de la CARTA IX


  Si alguna vez poseyera una plantación y mis esclavos fueran tratados como son en general tratados aquí, nunca podría descansar con tranquilidad; mi sueño sería perpetuamente estorbado por la retrospectiva de los fraudes cometidos en África para atraparlos, fraudes que sobrepasan en enormidad todo lo que una mente común posiblemente pueda concebir. Estaría pensando en el tratamiento bárbaro con el que se encuentran a bordo de las naves, en sus angustias, en la desesperación necesariamente inspirada por su situación cuando se los arranca de sus amigos y relaciones, cuando son entregados en las manos de gente de color distinto a quienes no pueden entender, transportados en una extraña máquina sobre un siempre agitado elemento que nunca han visto antes, y finalmente entregados a la severidad de los azotadores y a las excesivas labores de los campos. ¿Puede ser posible que la fuerza de la costumbre me haga sordo a todas estas reflexiones y tan insensible a la injusticia de este comercio y a sus miserias como parecen serlo los ricos habitantes de este pueblo? ¿Qué es entonces el hombre, este ser que se jacta tanto de la excelencia y de la dignidad de su naturaleza entre toda la variedad de inescrutables misterios, de problemas sin solución, de los que está rodeado?
Aviso de venta de esclavos, sin viruela.

  ¿Pero es realmente cierto, como yo he escuchado que se asegura aquí, que estos negros son incapaces de sentir los acicates de la emulación y el sonido alegre del estímulo? De ninguna forma; hay mil pruebas existentes de su gratitud y de su fidelidad; esos corazones en los que pueden crecer tan nobles disposiciones son entonces como los nuestros; son susceptibles de todos los sentimientos generosos, de todos los motivos útiles de acción; ellos son capaces de recibir las luces del conocimiento, de absorber ideas que les aliviarían en mucho el peso de sus miserias. ¿Pero qué métodos se han usado en general para obtener tan deseable fin? Ninguno; el día en el que llegan y en el que son vendidos es el primero de sus trabajos, trabajos que desde esa hora en adelante no admiten respiro; incluso siéndoles por ley concedido el domingo para el esparcimiento, son obligados a emplear ese tiempo, el cual está pensado para el descanso, en labrar sus pequeñas plantaciones. ¿Qué puede esperarse entonces de estos desdichados en tales circunstancias? Forzados desde su país nativo, cruelmente tratados a bordo y no menos cruelmente tratados en las plantaciones a las cuales son llevados; ¿hay algo en este tratamiento que no deba encenderles todas las pasiones, sembrar en ellos todas las semillas del resentimiento inveterado y nutrirles el deseo de perpetua venganza? Ellos son abandonados al efecto irresistible de estas fuertes y naturales propensiones; los golpes que reciben, ¿son propicios a extinguirlos o conducentes a ganar su afecto? Ni son confortados por las esperanzas de que su esclavitud terminará alguna vez sino con su muerte, ni animados por la generosidad de su alimentación o la benevolencia en el trato. Las mismas esperanzas extendidas a la humanidad por la religión, ese sistema de consuelo tan útil a los miserables, nunca les son ofrecidas. Ni
Recompensa por un esclavo que huyó.
medios morales ni físicos son usados para ablandar sus cadenas; son abandonados en su estado original sin instrucción, ese mismo estado en el que las propensiones naturales de venganza y las destempladas pasiones son muy pronto encendidas. Ni un solo motivo que los anime o que pueda impeler su voluntad o excitar sus esfuerzos, solo terrores y castigos se les ofrecen; la muerte les es sentenciada si huyen; horribles laceraciones si hablan con su libertad originaria; son perpetuamente intimidados por los terribles golpes del látigo o por el temor de la pena capital, y aun así estos castigos a menudo fallan su propósito.


sábado, 7 de mayo de 2016

QUÉ ES UN AMERICANO (fragmento de CARTAS DE UN GRANJERO AMERICANO)


AUTOR: Michel-Guillaume-Jean de Crèvecoeur (también conocido como J. Hector St. John de
Crèvecoeur)

TRADUCTOR: Pedro Peña

  N. del T.: el francés CRÈVECOEUR (1735-1813) fue un noble de baja jerarquía que durante algunos años vivió en las colonias francesas e inglesas en Norteamérica. Llegó allí después de haber completado sus estudios en Inglaterra. En Canadá se enlistó en la Milicia Colonial Francesa con grado de oficial. Fue tomado prisionero tras la derrota de las tropas francesas en Quebec. Luego de su liberación se trasladó a New York, desde donde viajó a lo largo y ancho de las colonias inglesas como comeciante. En 1769 compró tierras al noreste de New York y se asentó como granjero. Al tiempo comenzó a escribir ensayos y crónicas sobre su experiencia en aquella nueva América cuya identidad se estaba forjando en conflictos permanentes entre las coronas, los nativos y los colonos independentistas.
   Cuando estaba próxima a estallar la guerra de independencia, Crèvecoeur, simpatizante británico (como queda claro en sus escritos), decidió regresar a Francia. Allí descubrió que sus escritos eran muy bien recibidos. En 1782 vio la luz en Inglaterra su libro Letters from an american farmer, que adquirió fama rápidamente. Se trataba de una exaltación modélica de la nueva nación en ciernes.
   Luego de varios viajes, incluido un regreso en 1787 como cónsul a lo que ahora se había convertido en los EEUU, Crèvecoeur pasó sus últimos años en Normandía como un escritor noble y olvidado que escribía sobre cosas que ya no interesaban, en medio de los conflictos europeos dominados por la figura de Napoleón.


Carta III: QUÉ ES UN AMERICANO (fragmento)

En este gran asilo americano los pobres de Europa se han de alguna manera reunido como consecuencia de varias causas. ¿A qué propósito deberían preguntarse unos a otros a qué país pertenecen? ¡Alas!, dos tercios de ellos no tenían país. ¿Puede un desdichado, que vagabundea de aquí para allá, que trabaja y a la vez muere de hambre, cuya vida es una continua escena de dolorosa aflicción y de punzante penuria, puede, ese hombre, decir que Inglaterra o algún otro de los reinos del mundo es su país? ¿Un país que no tenía pan para él, cuyos campos nunca le procuraron cosecha alguna, que lo único que le ofreció fue el ceño fruncido de los ricos, la severidad de sus leyes, las cárceles y los castigos; en el que no era dueño siquiera de un solo pie sobre la extensa superficie de este planeta? ¡No! Urgido por una variedad de motivos, aquí vinieron. Todo se ha dispuesto para regenerarlos: nuevas leyes, una nueva forma de vida, un nuevo sistema social. Aquí se han vuelto hombres. En Europa eran como esas plantas inútiles: esperando el abono y el riego fresco, se marchitaron y fueron masacradas por la escasez, el hambre y la guerra. Pero ahora, por el hecho de haber sido trasplantadas, como cualquier otra planta, han echado raíz y florecido. Anteriormente no figuraban en ninguna lista civil de su país excepto en la de los pobres. Aquí son considerados como ciudadanos. ¿Por qué invisible poder ha ocurrido esta sorprendente metamorfosis? Por el poder de las leyes y el de su industria. Las leyes, las indulgentes leyes, los protegen cuando llegan estampando sobre ellos la marca de la adopción; reciben amplia recompensa por sus trabajos; estas recompensas acumuladas les procuran tierras; esas tierras les confieren el título de hombres libres, y, sujeto a ese título, cualquier beneficio que el hombre pueda requerir. Esa es la gran operación que diariamente realizan nuestras leyes. ¿De dónde proceden estas leyes? De nuestro gobierno. ¿Y de dónde nuestro gobierno? Éste se deriva del genio original y del fuerte deseo del pueblo ratificado y confirmado por la Corona. Esa es la gran cadena que nos une a todos.
¿Qué atadura puede un pobre emigrante europeo tener por un país donde nunca tuvo nada? El conocimiento del lenguaje, el amor por unos pocos parientes tan pobres como el mismo, eran los únicos hilos que lo ataban. Su país es ahora aquel que le da tierra, pan, protección e importancia. Ubi panis idi patrias es el motor de todos los emigrantes. ¿Qué es entonces el americano, este nuevo hombre? Es un europeo, o el descendiente de un europeo, de tal forma que tan extraña mezcla de sangre no se encuentra en otro país. Yo podría señalarles a ustedes una familia cuyo abuelo era un inglés, su esposa una holandesa, cuyo hijo se casó con una mujer francesa, cuyos descendientes tienen ahora cuatro esposas de diferentes naciones. Él es un americano, quien dejando detrás de sí sus antiguos prejuicios y sus antiguas costumbres, recibe otras nuevas provenientes de la nueva forma de vida que ha abrazado, un nuevo gobierno al que obedece, y el nuevo estatus que ahora sostiene. Él se convierte en americano al ser recibido en el amplio regazo de nuestra gran Alma Mater. Aquí individuos de todas las naciones se mezclan en una nueva raza  cuyos trabajos y posteridad un día causarán grandes cambios en el mundo.
Los Americanos estuvieron una vez dispersos por toda Europa. Aquí están incorporados dentro de uno de los más afinados sistemas de población que ha existido alguna vez y que en adelante los distinguirá a causa de los diferentes climas en los que habitan. El americano debería entonces amar este país mucho más que aquel en el que sus padres nacieron. Aquí las recompensas de su trabajo industrioso siguen con igual paso el progreso de su labor; su labor está fundada en la base de la naturaleza, el interés propio. ¿Puede desearse un mayor estímulo? Esposas y niños, quienes antes en vano demandaban de él un bocado de pan, ahora rollizos y vivaces, de forma agradecida, ayudan a su padre a limpiar aquellos campos en los que los cultivos exuberantes crecerán para alimentarlos y vestirlos a todos, sin que ninguna parte sea reclamada por príncipes despóticos, abates ricos o poderosos señores. Aquí la religión demanda poco de él: un pequeño salario voluntario al ministro y la gratitud a Dios. ¿Puede rehusarse a esto?
El Americano es un hombre nuevo que actúa bajo nuevos principios. Debe por eso generar nuevas ideas y formar nuevas opiniones. Del ocio involuntario, la servil dependencia, las penurias y la labor inútil, ha pasado a un trabajo arduo de una naturaleza muy diferente, recompensado por una abundante subsistencia. Esto es un americano.